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sábado, 5 de noviembre de 2016

Puches dulces (de la tía Encarna)

Mi tía (prima de mi abuelo, en realidad) se me fue hace pocos años, con una edad que ya pasaba de la centena. Con esta receta suya, la rememoro por estos días de difuntos. Cuando ella venía al pueblo por estas fechas, a visitar a los suyos al cementerio, siempre llamaba al timbre de casa y me dejaba una cazuela de aromáticas puches.

Ingredientes:
1 litro de leche
80 gramos de harina
200 gramos de azúcar
La cáscara (sin parte blanca) de una naranja grande o de dos pequeñas.
Dos cucharadas de anís en grano.
Una rama de canela.
Media barra de pan sentado (del día anterior)
Canela molida para adornar

Elaboración:
Ponemos a calentar al fuego un cazo con la leche, la cáscara de naranja y la rama de canela.Cuando esté a punto de hervir, lo retiramos de la lumbre y dejamos templar hasta que esté tibio.
Al tiempo troceamos el pan en rodajas pequeñas y lo tostamos.Lo reservamos.



En el recipiente donde vayamos a hacer las puches, calentamos durante un par de minutos, en seco y removiendo, la harina con el anís en grano.



Vamos añadiendo, removiendo con rapidez, la leche aromatizada y colada sobre la harina, hasta que cuaje de modo parecido a una bechamel clarita. Incorporamos el azúcar y removemos unos segundos más.

Volcamos las puches calientes sobre el pan tostado, y dejamos que empape bien y que se enfríe.




Servimos en copas o cuencos individuales, y espolvoreamos un poco de canela molida por encima.



Se pueden consumir calientes o frías, aunque en casa gustan más frías.




domingo, 9 de octubre de 2016

Bollitos de calabaza

Aprovechando que ahora las calabazas ploriferan (sobre todo a modo de regalo, vaya par de semanitas que llevo recibiendo calabazas... de las buenas), y que "Jalogüin" anda cerca, os dejo algo para salir de la típica crema de calabaza. Espero que os gusten, se hacen en un ratito y son un poco "adictivos".



Precisamos de:
300 gramos de calabaza, sin pepitas ni piel.
100 ml. de leche
2 huevos medianos
150 gramos de harina
2 cucharadas de azúcar
La ralladura de un limón
Una cucharada de anís en grano
Una cucharadita de canela molida
Un sobre de levadura química
Aceite de oliva suave para freír.
Azúcar para adornar.

Y procedemos a:
Hervir la calabaza con agua o al vapor, y escurrirla. Se puede asar también, si os gusta más. Dejarla templar hasta temperatura ambiente. (Troceándola se enfría antes).
Triturarla con el azúcar, la ralladura, los huevos, la canela y la leche. 
Posteriormente, mezclar todo con la harina, (sin batir), el anís y la levadura. Ha de quedar una masa semilíquida, como un puré espesito, que no se pueda moldear.

Ponemos a calentar aceite en una sartén, con una profundidad de centímetro y medio, más o menos.
A calor moderado (para que se hagan bien por dentro) vamos "volcando" cucharadas colmadas de masa,  (irá tomando forma de galleta una vez sumergida). Se hincharán poco a poco según se vayan friendo, por efecto de la levadura. Les damos la vuelta cuando veamos que toman color dorado por debajo.
Una vez hechos por ambos lados, los dejamos escurrir sobre papel, y cuando dejen de quemar, pasamos uno de los lados por azúcar.

Se pueden tomar templados o fríos.
A mí me gustan mojaditos en el café...





sábado, 8 de octubre de 2016

Bizcocho de soja y té rojo

Este bizcocho, aparte de salir increíblemente tierno (se deshace en la boca), lleva las proteínas de la soja y las propiedades del té rojo. Para que luego digan que no nos podemos cuidar también con la bollería.

Es muy sencillo, vamos allá.
Necesitamos:

Una taza de leche de soja, en la que haremos una infusión de té rojo y dejaremos enfriar a temperatura ambiente.


4 huevos medianos o 3 grandes, y separaremos las claras de las yemas.



Algo más de media taza de azúcar integral (moreno). Digamos que tres cuartos de taza.


Una taza de harina de trigo integral, mezclada con un sobrecito de levadura química. Si es harina leudante, no necesita la levadura. Y para los intolerantes al gluten, media taza de maizena y media de harina de arroz, en sustitución de la harina de trigo.


Batiremos las yemas de huevo con la leche de soja aromatizada, una cucharada de aceite de oliva,  y el azúcar.



Añadiremos a la mezcla la taza de harina con su levadura, y mientras se sigue batiendo, montaremos las claras a punto de nieve, y encenderemos el horno a 160 grados.



Con paciencia y cuidado, mezclaremos el batido con las claras, para que pierdan lo mínimo de esponjosidad. Aunque intentaremos evitarlo, no pasa nada porque quede algún grumo pequeñito suelto. 



Volcaremos la mezcla en un molde de bizcocho o de cake, previamente engrasado con mantequilla o margarina, y lo pondremos a hornear. Cuando suba y alcance un color doradito, pincharemos con un palillo o cuchillo para ver si se ha hecho por dentro. Si sale seco, está listo.



Lo dejaremos enfriar sobre una rejilla, que corra el aire por debajo.


El bizcocho queda alto y muy, muy muy tierno y con un sabor muy rico. También se puede sustituir la leche de soja por leche de avena, o de almendras, o de avellana, que son del mismo modo  nutritivas y aportan también un sabor delicado y tostado. 


domingo, 18 de septiembre de 2016

Tarta de frutas





La masa base de esta tarta está sacada del libro que vino junto a la Thermomix, cuando la compré hace ya la intemerata de años.
Era una tarta de manzana, que hice en su día y que agradó mucho, aunque me encontré con que, en casa, seguían prefiriendo la tarta de manzana (valga la redundancia) clásica, de masa quebrada y crema pastelera, con las rodajas de reineta colocadas por encima y cubierta de mermelada de albaricoque. 
Pero la masa de aquella receta tenía un sabor, para mí, delicioso, y no queriendo renunciar a ella, me dispuse a realizar una variación de la receta.
El resultado, genial. Primero, porque utilizo, cada vez que hago la tarta, una fruta distinta; un día fresas, otro día peras, otro día melón, y ayer, por ejemplo, kiwi. También he salido del brandy de la receta original y he probado con whisky (para la de pera), jerez dulce (para la de fresas), cava (para la de melón), y para la de kiwi, que es la que hoy traigo, probé con ron negro, quedando gratamente satisfecha con todos los resultados.
Al no llevar aquella tarta de manzana elemento húmedo ninguno (nata o cremas, o chocolate), probé también con embeberla, al final, (con ayuda de una jeringuilla) en un almíbar hecho con zumo de naranja, azúcar moreno y una ramita de canela. Quedó tan jugosa, sin llegar al empalago, que humedecerla ya forma parte del proceso, sea cual sea el relleno. Renuncié, por tanto, añadirle nada más, ya que me gusta, entre otras cosas, porque no es la típica tarta sumergida en nata o trufa que, sólo con verla, ya se empacha uno. Es dulce, se puede también enfriar en verano, pero no empalaga en exceso, lo que se agradece después de una comida copiosa.
Os invito a probar y variar; os aseguro que os va a gustar, tanto en cuanto, una vez memorizadas (o apuntadas) las cantidades, podéis aprovechar frutas de temporada, solas o mezcladas, buscar licores diferentes, añadir frutos secos, o cualquier elemento que se os pase por la imaginación.
¡Ah!! Otra cosa que me gustó de la receta original, y que respeto, es que el licor va en la propia masa, lo que le aporta su sabor particular, pero dada la cantidad que es (dos cucharadas para toda la tarta) y que se cuece a 180 grados, creo que los niños pueden comerla sin ningún peligro.

Vamos a ella. Os dejo los ingredientes de la de ayer, pero ya sabéis que podéis variar las frutas o el licor.

Para la tarta:
4 huevos 
200 gramos de azúcar
180 gramos de mantequilla
270 gramos de harina
1 sobre de levadura química (no es necesario se usa harina leudante)
2 kiwis (Esta vez han sido dorados, pero pueden ser verdes)
2 Cucharadas soperas de ron negro.
Una pizca de sal

Para el almíbar:
El zumo de dos naranjas
3 cucharadas de azúcar integral (o blanco, si no tenéis, aunque a mi me gusta más con integral porque no camufla otros sabores)
Una rama de canela.

En la receta de Thermomix, como es lógico, se utiliza el robot. Pero yo he hecho la masa con unas varillas normales y, aunque da algo de trabajo, el resultado también es bueno.

Elaboración:
Calentar el horno a 180 grados, calor superior e inferior.
Pelar y cortar los kiwis en daditos.

Batir los huevos con el azúcar hasta que formen una pasta espesa y blanquecina. Ir añadiendo la mantequilla poco a poco, para que vaya integrándose, y posteriormente, el ron. 
Mezclar en seco la harina con la levadura y la sal, e ir incorporándola a la masa con movimientos envolventes, sin batir, para que ésta no pierda esponjosidad.
Engrasar con mantequilla un molde para tarta (como véis, he usado una cazuela baja, que también sirve, porque las asas que tiene no se queman en el horno, y tienen unos agarradores de silicona muy útiles).
Volcar la masa sobre el molde, dando giros para que se extienda bien por todas partes, ya que es muy densa y tenderá a quedarse en el centro.
Después, dejar caer los daditos de kiwi sobre la masa, sin mezclarlos con ella. Esto tiene una explicación estética que después veréis.


Una vez que entre en el horno, la iremos observando, sin abrir la puerta, hasta que empiece a suceder ésto, señal de que el proceso va bien.



La masa empezará a subir, y los trocitos de fruta a hundirse en ella, y eso le dará una presencia muy apetecible a la tarta.


La sacaremos cuando esté doradita por encima, probando antes a pinchar en el centro con un palillo, que habrá de salir seco. La dejaremos templar en el exterior, para proceder a empaparla.

En una cazuelita pondremos a hervir el zumo de naranja, la canela y el azúcar integral. Retiraremos del fuego justo cuando rompa el hervor, y dejaremos enfriar también. Llenaremos una jeringuilla de almíbar, e iremos inyectándolo en la tarta. Yo suelo hacer los agujeritos más o menos equidistantes unos de otros, para que formen parte de la decoración.


La dejaremos enfriar en la nevera, aunque se puede tomar también templada.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Clandestinidad honrosa

Desde que llegué, ya me marchaba
a cada minuto que pasaba;
los abrazos que íbamos robando
el destino iría disipando.


Bienvenida de la despedida,
brotes de ternura desmedida,
pasiones que la distancia trunca
como siempre, amor, como nunca.


Recuerdo lágrimas de impotencia
caricias y manos temblorosas
vaticinadoras de tu ausencia,


y que fui crisálida llorosa
entregada a tu vehemencia
en la clandestinidad honrosa.



Pasión imposible

Te quiero.                                   
Te quiero en la boca
y quiero                                    
tus dedos, tu lengua, tu pecho,            
los quiero en la boca y espero                        
el fuego que en ella provocas.              


Te siento.
Te siento muy dentro
y siento
tus manos, tu cara, tu aliento,
los siento muy dentro y presiento
la pasión de nuestro encuentro.


Me rompes
Me rompes en vida
y rompes
mi equilibrio, mi paz, mi medida, 
me rompes en vida y corrompes
mi sueño en las noches perdidas.


Me pierdo.
Me pierdo en tu ruedo
y pierdo
la cordura, la dignidad, el miedo,
los pierdo en mi cuerpo y me remuerdo
porque tenerte no puedo.




Nunca nos separaremos

Juramos no separarnos jamás una tarde de Junio, próxima a final de curso.

Simona y Tere enlazaron sus manos con las mías, cerraron los ojos a mi unísono, y pronunciamos simultáneamente esa fatídica frase que, con el paso de los años comenzó a pudrirse, y nos enseñó que de nada sirven las promesas, si los años se confabulan contra uno.

Acostumbrada a la familiaridad del internado, se me hacía un mundo separarme en verano de mis amigas. Simona, además, marchaba lejos con sus parientes, a Noruega, sumando kilómetros geográficos a mi nostalgia.

Cuando llegó septiembre, los nervios por volver a encontrarme con ellas bien pudieran  compararse a los de una novia la víspera de su boda. Ni mis padres entendían que tuviera tanta prisa por regresar al colegio. Pude ver en sus ojos un halo de tristeza; no les gustaba nada tener que prescindir de mí de lunes a viernes, pero papá trabajaba por turnos, era celador sanitario,  y mamá tenía dos empleos, viéndose incapaces de sacar unas horas decentes al día para dedicarse por entero a mí. Ese curso entrante, además, me dijeron, como quien comunica que nos ha tocado la lotería, que sería el último en que estaría interna, lo que cayó sobre mí como un jarro de agua fría. Simona y Tere eran, casi a todos los efectos, mis hermanas. Llevábamos durmiendo en el mismo dormitorio la friolera de cinco años, que a mis trece, eran muchos. Mis padres me consideraban ya lo bastante mayor como para empezar a organizarme en casa para estudiar y comer incluso en su ausencia, sin necesidad de estar “encerrada” cinco días a la semana. Para ellos sería también un alivio; el internado suponía un desembolso bastante grande.

Tere regresó luciendo un acné adolescente atroz; pareciera que su rostro hubiera sido tocado por la varita de un mago loco por la paella, pero no quisimos hacer chanza de la situación. A Simona le creció el cabello una barbaridad ese verano. Lucía una melena rubia, escandinava, que Tere y yo nos turnábamos para cepillar cada noche, pues era una delicia hacerlo. Nos gustaba quedarnos charlando, en pijama, hasta la hora en que la madre Soledad entraba en la habitación a regañarnos. A la mañana siguiente no volvía con el humor renovado, y nos despertaba con un tirón de sábana para que nos ducháramos, vistiéramos y limpiáramos el dormitorio antes de bajar a desayunar y asistir a la clase. No compartíamos aula, pero nos buscábamos en los recreos por el jardín, para continuar con nuestras charlas y canciones, amenizadas con la guitarra de Tere, que ya era un poco de todas, aunque sólo ella supiera extraerle sublimes acordes. No todo era paz:  A veces surgía  algún desencuentro entre nosotras,  más propio de hermanas que de amigas, pero siempre estaba la tercera para hacer razonar y conciliar a las otras dos, y poner paz mediante.  A la postre, nos necesitábamos, y eso primaba sobre cualquier rencor o duda que amenazara con manchar nuestro cariño.

Las tareas de limpieza iban por turnos. Una semana, me tocaba adecentar los lavabos y barrer, otra, pasar la fregona, y otra, limpiar los zapatos de las tres, y el polvo. Un viernes de cada mes, dejábamos lo anterior para dedicarnos a los ventanales, que eran pesados de limpiar, y el amoníaco olía fatal, obligándonos a hacer descansos para tomar aire.  Ninguna puso nunca pega alguna, y a veces competíamos en lustre y acabado, lo que encantaba a las monjas, orgullosas de nuestro bien hacer. Jamás antes vieran, en grupos de internas, semejante sincronización. Nuestra organización, disposición y camaradería , dejaba, con seguridad, incapaz a cualquier ballet ruso de emular tales virtuosismos.

No podía durar toda la vida tanta felicidad. El anuncio de mis padres se hizo efectivo al curso siguiente. Los tres años venideros hasta que llegué a la universidad, no me resultaron nada fáciles, por no decir que fueron para olvidar. Sumado a la ausencia de mis amigas, tuve que pasar muchas horas sola en casa, y aprender a cocinar para que mis padres dejaran ya de comer en restaurantes a base de menús rápidos y poco saludables. Ellos agradecieron tener en casa un plato casero y caliente cada día, pero para mí, aunque lo hacía de buen gusto por ellos, no se trataba de una tarea  divertida. La pasaba mucho mejor en el internado sacando brillo a los mocasines de Simona y Tere, mientras ellas hacían mi cama o limpiaban mi lavabo. Echaba de menos la cotidianidad y el reparto de quehaceres entre risas. Lo único positivo de aquellos años fue que el día pasaba rápido, ya que tenía mucho más que estudiar, y por supuesto, las cartas que me llegaban a casa, en las que mis queridas amigas también hablaban de nostalgia y me prometían, en cada post data, que el paso del tiempo no lograría separarnos.

Bachillerato y carrera fueron todo uno. Cuando me quise dar cuenta, ya era enfermera. Simona me envió en una de sus cartas una fotografía del primer día que se vistió de azafata. Desde niñas, ya vislumbrábamos ese futuro para ella, pues su altura, buen porte y facilidad para los idiomas no le podía tener otro mejor reservado. Tere estudió una formación profesional, en rama de secretariado. Si las matemáticas se le hubieran dado tan bien como escribir a máquina o dominar la taquigrafía, habría querido ser maestra. En una carta le dije que nunca se lamentara por nada; sería una gran secretaria, y estaba segura de que alcanzaría plenitud profesional con tan digna elección. Y en un principio así fue. Estuvo unos años trabajando como tal en una oficina, hasta que se enamoró de un compañero y, cuando nos quisimos dar cuenta, estaba ya casada. Decidió dejar la vida laboral para criar a dos tempranos churumbeles. Al poco tiempo, a su esposo le dieron posibilidad de ascenso en una lejana provincia.

Simona recorría el mundo como azafata de vuelo; vivía en aviones y hoteles. Cada una de sus cartas llevaba sello de un país distinto.  Pese a la promesa reiterada de volver a vernos las tres algún día, el encuentro nunca llegaría a producirse. Mi trabajo también era por turnos y con muy poco tiempo libre, y ellas tenían, al igual que yo, obligaciones que les impedían poder guardar unos días para hacer realidad nuestro sueño.

Cada año que transcurría, he de ser honesta, el sueño se iba difuminando. No habíamos dejado de querernos, en absoluto, y de vez en cuando, además de escribirnos, nos llamábamos  y engrosábamos peligrosamente la factura del teléfono. De viva voz, seguíamos prometiéndonos una pronta reunión a tres. Según veíamos que la imposibilidad de aquello iba adquiriendo implacables verismos, nos comprometíamos, aunque fuera, a un encuentro a dos, y finalmente asumimos, aunque nunca quisimos confesarlo, que las ganas también iban desapareciendo. Cada una de nosotras había creado su zona de confort, con nuevas amistades, nuevas predilecciones, nuevas ocupaciones. Las cartas, cada vez llegaban más espaciadas, y las llamadas eran más breves, puesto que las conferencias telefónicas eran carísimas y priorizábamos cada cual nuestra economía.

En una de ellas, además, discutí amargamente con Tere. Ella, que tenía hijos, consideraba que, si no habíamos cumplido aquella promesa, era culpa de las otras dos, que no habíamos tenido en cuenta su enorme sacrificio como madre. Lejos de alabarle semejante alarde de vanidad, le recordé que, tantas horas dedicaba ella a sus familiares, como yo a guardias nocturnas, turnos de emergencia y horas atrasadas de sueño, y que Simona se despertaba cada mañana sin saber en qué país terminaría la jornada. Ninguna de ambas, a diferencia de ella, pudimos sacar tiempo siquiera para enamorarnos; mucho menos para formar una familia. No se lo tomó bien, más bien se sintió enormemente ofendida, y encontró la excusa perfecta para terminar de cortar la relación.

Las cartas de Simona, sin embargo, seguían llegando, pero cada vez desde más lejos y con menos texto. Al final, en vez de cartas eran tarjetas postales donde me enviaba besos y recuerdos en breves frases de cumplido. Aunque pasaba por su casa una vez al mes, no perdía tiempo contestando a las mías, que se le acumulaban en el buzón y eran más extensas, resistiéndome a resumir nuestra amistad en una frase. Dado que el esfuerzo no volcaba más resultado que una nueva postal con sello extranjero, dejé de molestarme en seguir escribiendo al viento. A partir de aquél verano, tampoco llegaron más postales.

El final de nuestra historia

Ya te fuiste de mí, ya te has marchado,
tu pasión persistirá en mi memoria.
Ya te amé, como tú ya me has amado;
llegamos al final de nuestra historia.

Abrimos, sin pudor, todas las puertas,
cruzamos lo prohibido y lo culpable,
yo te pido que nunca te arrepientas,
guardemos esa noche inolvidable.

Coronamos nuestra anhelada cumbre,
bebimos en océanos de fuego;
repetir, gran error, sería costumbre.

Será mejor no construir apego,
fue mejor sofocar toda la lumbre,
y es mejor un adiós, que un hasta luego.




Un día más

Se despertó con un grito comparable al de un diplodocus en celo. Encendí la luz; su rostro sudaba.

-Has tenido una pesadilla, tranquilízate, cariño.
-Perdóname, cielo, Te asusté, ¿verdad?
-Nada nuevo bajo el Sol, amor.

Mi esposo siempre había dormido como un eurodiputado en el Congreso, hasta hace aproximadamente un mes, coincidiendo con unos exámenes médicos que le quitaron el sueño  más por la tardanza que por los resultados, ya que éstos aún estaban por saberse. Asintomático, las últimas analíticas revelaban un cierto caos sanguíneo que convenía estudiar más a fondo, en busca de posibles dolencias escondidas. Yo le repetía, cuando lo veía alicaído, que no debía preocuparse, que eran altibajos de la edad.
A nuestros años, la salud no es ya música sin arpegios, y aunque él aparentaba tranquilidad absoluta, le conozco demasiado bien para saber cuándo no puede quitarse algo de la mente. Antes no era así.

Afrontaba las incertidumbres cual si certezas fueran, siempre optimista y seguro de que los desenlaces negativos sólo existían en las telenovelas. Tal era su positivismo, que no había contratiempo, por dramático que fuera, del que no extrajera broma o chiste. De índole bruto por naturaleza, a veces resolvía los problemas a la brava, sin mirar las consecuencias, riéndose como una hiena borracha si le salía bien, aunque el triunfo le costara romperse una pierna o abrirse la cabeza. Ya quisiera el monstruo de Frankenstein tamaña  colección de cicatrices para sí. Recuerdo una ocasión, siendo novios y realizando él su servicio militar obligatorio, en la que nos habían invitado a un concierto que no quería perderse, pero un sargento con úlcera crónica (no tenía otra explicación su mal talante), le quiso fastidiar el evento, obligándolo a quedarse en el cuartel. A mi amado, no se le ocurrió otra cosa, para salirse con la suya, que atarse los cordones de las botas al borde de la litera, y dejarse caer de cabeza al suelo, para acabar pidiendo ayuda y así lo llevaran a enfermería a coser la ceja, dejándolo salir a casa hasta estar curado de la herida. Acudió al concierto con la testa vendada, pero se divirtió como no está en los escritos. Lo malo era que sus osadías y descabelladas ideas me enfadaban al principio, pero después me hacían reír, por lo que nunca supe hallar modo de que se corrigiera… ni ganas para que lo hiciera.

Mas fue comenzar a brotarle canas, y éstas crecían de manera directamente proporcional a unos miedos nunca antes existentes en su cabeza, mientras que los míos parecían desvanecerse según me iba viendo una arruga más en el espejo.

El paso del tiempo nos cambia, qué duda cabe. Cuando lo conocí, él era todo valentía, y yo toda turbación y recelo. Me habían enseñado que los muchachos eran una especie de monstruos de los que había que desconfiar siempre, pues  nunca pretendían nada bueno. Sin embargo, mi muchacho supo llevarme al amor por el camino más corto, con grandes dosis de jovialidad y transparentes miradas, de tal modo que yo, cuando llegaba cada sábado, galopaba en busca de ellas como caballo alazán, entusiasmada y sin temor a nada, porque supe siempre que no me separaría nunca de él.

El compromiso llegó como llega una mañana de otoño, sin sobresaltos pero con dulzura. Todo el mundo daba ya por hecho que mi amor y yo formábamos un bloque indisoluble de sentimiento, y nuestro enlace no supuso más que un puro trámite con el que contentar a nuestras madres, celosas de nuestro decoro y temerosas de Dios. Nosotros nos sentimos ya  casados desde siempre.

Tardó en llegar nuestro primer retoño aproximadamente tres años en los que, lejos de preocuparnos en demasía, nos lo tomamos con bastante tranquilidad. Los conocidos especulaban con toda clase de augurios, que si no servía él, que si no servía yo,y tanto comentario y desasosiego ajeno nos causaba bastante risa, ya que ser padres no era, para nosotros, un objetivo prioritario.

Sin embargo, apareció por fin la criatura pegando un grito comparable al de un... ¿cachorrito de diplodocus hambriento?,  y mi cuerpo se transformó en una especie de coneja compulsiva gestante. Tuve tres hijos en menos de tres años, y aunque decidimos poner todos los medios legales de la época para no seguir trayendo minidiplodocus al mundo, cada vez que mi hombre me miraba a los ojos, se me fraguaba otra preñez, hasta que, a la sexta, mi útero consideró darme un descanso y me pidió el finiquito, harto de trabajar.

Criar bebés en manada es trabajo de chinos, pero a la larga, tiene sus ventajas. Talla más, talla menos, podía intercambiarles la ropa, acabando ésta de tener un digno final en el cubo de basura tras años de uso, y los tres que tenían la fecha de cumpleaños aproximada, lo celebraban el mismo día con una sola tarta, eso sí, con el triple de amiguitos asistentes.

Aunque no estaba nada de moda, una vez  tuve a todos matriculados en el colegio, busqué un trabajo con el que contribuir a la economía doméstica, que andaba bastante dolida, la pobre, con tanta boca que alimentar. Mis innatos miedos sobre mi persona, se tornaron en miedos sobre la integridad y futuro de mis hijos, y admito que fui una madre demasiado protectora para ellos. El padre, más valiente, los animaba a caer y levantarse mil veces, cuando no se tiraba él mismo para darles ejemplo, con tal de que aprendieran que la vida no era ese trance fácil que aparecía en las películas de acción que tanto les gustaba. “En la vida real, el guapo no siempre se casa con la guapa, ni matan a los malos”, les decía.

Sin apenas darnos cuenta, se fueron marchando de casa, unos para vivir en pareja y formar sus familias, y otros en soledad, para encontrarse a sí mismos, como si no supiéramos ya dónde estaban: En la inopia. Aun así, supieron valerse por sí mismos, y mi esposo y yo dimos nuestra tarea por concluida felizmente.

No del todo, he de decirlo, ya que los hijos también son personas aunque no siempre lo parezcan, y a veces enferman, contraen deudas, se abren la crisma como hacía su padre de joven, o sufren mal de amores. Así que, con la valentía de mi hombre y mis miedos, formábamos una especie de medicamento que todo lo cura, para que ellos hallaran remedio a sus adversidades y no se sintieran solos en esto de vivir.

Ahora, ya ancianos, nos limitamos a observar sus destinos y rumbos con la satisfacción del deber cumplido. Y en cuanto a nosotros, mientras él se vuelve vulnerable y yo me convierto en piedra, continuamos entregándonos cada noche el premio de los sentidos, como si de la primera se tratara. Bien me dice en ocasiones, sabio él, que el amor no es sino una sucesión de primeras veces, donde los labios ofrecen cada día nuevas confituras, y los cuerpos son oasis siempre por estrenar.

Las pruebas médicas han delatado un pequeño cansancio orgánico del que no hay que hacer mucho caso. Con tanto trabajo y tortazo, era lo mínimo que le podía ocurrir. A mí me crujen las bielas, de modo que aprovecho algún ronquido suyo para darme la vuelta en la cama y que no se me oigan. Mi amor ya no se despierta gritando, y yo, contenta, arribo cada mañana a la playa de su sueño, sin despertarlo, me acurruco en el delta de sus hechuras, me embriago del sabor de sus rincones, y cierro los ojos, celebrando y dando gracias, por tenerlo conmigo un día más.

sábado, 19 de marzo de 2016

Magdalenas integrales de limón

Tenía yo una cuenta pendiente con las magdalenas integrales: las que compraba, no me gustaban.
De modo que, quise a atreverme a hacerlas en casa. Compré la harina integral, el azúcar ya lo tenía, (porque es el que usamos para todo), y me puse a buscar por la red alguna recetilla con la que dar el paso.

La encontré, y me atreví. Y además, me alegré, porque están deliciosas. Lo único que he modificado ha sido que, en vez de espolvorear con azúcar al final, lo he hecho con muesli (lo tenía al alcance), y me ha encantado el resultado, una vez tostado, sabe como a galletita.

Os dejo fotos y el enlace de la receta. Ahí os indica cómo hacerlas de modo tradicional, o con máquina:

http://www.yaestamosencasita.com/magdalenas-integrales-de-limon/



220 gr de harina integral Bizcochona (o harina integral y añadimos levadura química)
170 gr de azúcar moreno
150 gr de aceite de oliva suave
1 limón recién cogido (en su defecto un limón ecológico)
3 huevos

1 pizca de sal


Melchor está enfermito (Cuento de Navidad)

Félix se encaminó, como llevaba haciendo cada seis de enero desde años atrás, hacia la sede de la Asociación de Apoyo Familiar del Transportista. Era ésta una entidad de amparo  formada por autónomos del transporte en general, desde la que, con una modesta cuota, podía brindarse ayuda económica adicional  a los huérfanos y viudos o viudas de trabajadores del gremio, caso de no contar éstos  con apoyo suficiente de las administraciones para afrontar las necesidades básicas de la vida. El día de Reyes, se repartían regalos a los niños, presentes generosamente donados por los socios. Félix, cuya fuerte complexión  era idónea para el rol que iba a interpretar, consideraba que representar al Mago Melchor un día al año era un privilegio, y le generaba una satisfacción enorme, tanto más cuando, en esta ocasión, contaría con la presencia en el evento de una niña especial para él: su sobrina Eva. El hermano de Félix, taxista, había fallecido en accidente meses después de haber sido padre, dejando a su esposa  inmersa en una pena hasta hoy no superada, la cual hubo de aceptar trabajos mal pagados y temporales, debido a la crisis, a fin de poder complementar la pequeña pensión estatal que le había quedado, aunque con la ayuda de su cuñado, ni a ella ni a la pequeña les faltaría de nada. 

Evita ya tenía la edad mínima requerida para asistir a la entrega de regalos de la Asociación, cuatro añitos, y su grandullón tío se preocuparía de camuflarse lo bastante para que ella no lo reconociera. Así creería, como los demás niños, que era el propio Melchor quien le hacía  entrega de los suyos.  

Acomodados sobre sillones de oficina tuneados como tronos, les esperaba a los tres una mañana muy atareada repartiendo ilusión. Pese a que sus dos compañeros (que interpretarían sendos  roles de Gaspar y Baltasar) le sugirieron que fuera uno de ellos y no él quien sentara a su regazo a la querubina, por evitar todo peligro de delación, él insistió en conseguir esa foto soñada que, años después, enseñaría  a su sobrina como tierno recuerdo. “Baltasar”, además, era un Watusi de dos metros de alto, negro de verdad, el único socio de color que había en la Asociación, por lo que ya, peinando canas, llevaba décadas representando allí al africano mago. Félix, en su amor de tío, le dijo que podría asustar a su pequeña si se acercaba mucho, porque ella nunca había visto, seguramente, un gigante tan oscuro. Suerte que el compañero sabía aceptar bromas de este tipo, y se lo tomaron ambos con humor. 

Una vez sentadita sobre las piernas de quien ignoraba que era su tío, la primera mirada de Eva fue para las atrayentes barbas doradas de Gaspar, lo que supuso un alivio para Félix, pensando en lo acertado de su disfraz, aunque sintió ciertos celos por el compañero que, fastidiando un poco y a modo de guasa cómplice entre colegas, guiñó un ojo a la pequeña. Fue entonces que ésta decidió mirar a Melchor, que comenzó a hacerle preguntas, en aras de no perder esta vez su atención. 

“¿Así que, te llamas Eva? Un nombre precioso, el de la primera mujer. ¿Lo sabías? ¿Has venido con tu mamá? ¿Está entre el público? Señálamela, que la salude.” 

Y la niña señaló sin dudar, aunque muda todavía, a la mujer que en ese momento se deshacía de ternura mirando la estampa. Félix aprovechó el momento para carraspear. Había estado ensayando una voz propia de un fraile franciscano en día de ofrenda, suave, melosa, casi de falsete, para no descubrirse ante la pequeña.
  
“¿Y has sido buena, Eva? ¿Te has portado bien con mamá? ¿Eres ya una niña muyyyyy mayor?” 

A medida que la cría iba asintiendo a todo con la cabecita, él iba adquiriendo seguridad, logrando, no sólo engañarla,  sino crecerse en su propia interpretación hasta creérsela. Estaba tan entusiasmado como ella, y la cámara de su cuñada fue plasmando la secuencia con total fidelidad, hasta que… 

Eva rompió a llorar, sin ton ni son, abriendo la boca con tal envergadura, que pareciera desquijararse allí mismo. Félix, tan sorprendido como acobardado, agarró a la pequeña y la abrazó, suplicándole con su falsa voz que no llorara, y preguntándole, sin poder apenas disimular la angustia, qué le ocurría. Ella le rodeó el cuello, en una reacción contraria a la esperada en un niño defraudado, con el sentimiento y la razón en conflicto, y consiguió emitir un sonoro lamento.
  
“¡Tu no erez e rey  Melchó, tú erez el tío Feliiiiiiiiii!!!” 

El caracterizado sintió que el corazón se le disparaba. Con fallos ya más que sustanciales en el timbre de fraile franciscano, cuestionó  a su sobrina porqué pensaba eso, negando por activa y por pasiva tamaña ocurrencia.
  
“¡Loz pieeeeeez! ¡¡Ezoz zon loz piez del tío, tú erez mi tío, tu no erez e rey Melchóooo!!!” 

Anonadado, se miró los pies.

“Acabáramos”…
  
Nuestro  Melchor de pega había olvidado cambiarse el calzado, y lucía, bajo la túnica, las viejas botas de campero con tacón cubano que calzaba todos los inviernos desde años antes de que Eva naciera, por lo que ella se conocía al dedillo hasta las grietas,  y estaba familiarizada con todas las peculiaridades que unas botas usadas del número 43 pertenecientes a un tío  pudieran tener. 

Sin saber qué hacer, hizo un gesto a su cuñada, porque la pequeña no cesaba en el llanto, y había empezado a empujar al impostor para emprender la huida.

“¡¡Maaaaama…maaaama… maaama, que me ha engañadoooo!! ¡¡Yo ya no tero a tío, no le tero nadaaaa!!¡¡Yo tero contigo mamiiiiii!!!" 

La madre, casi tirando la cámara de fotos, corrió en auxilio de la pobre criatura, y de paso, del pobre cuñado,  cuyos ojos se tornaron vidriosos, no pudiendo optar por más solución que rendirse y desatar el dulce vínculo que hasta ese instante le había unido a su dulce sobrinita.
  
“Lo siento. Créeme que lo siento, con las prisas olvidé… lo siento de veras. Luego te veo en casa, yo le llevaré los regalos”, se lamentó, ya con su propia y profunda voz. 

“Gaspar” y “Baltasar”, lo miraban confusos, pidiéndole con la mirada que continuara como fuera, ya que había más niños a los que atender. 

-No tienes culpa de nada, no te fustigues así, le comentó su compañero “Gaspar” en la trastienda, mientras guardaban cuidadosamente los disfraces en las cajas que los habrían de albergar en el almacén de la sede un año más.

-Soy un desastre de tío y de rey mago, y no tengo remedio. 

-Vamos, Félix,- intervino “Baltasar”, tu sobrina es muy pequeña aún, y en cuanto llegues a casa con los regalos y los abra, se le habrá olvidado todo.

No fue así. Eva no quería regalos, ni tío, ni perdones, ni reyes magos, ni comer, ni nada. Aislada en su infantil habitación, juraba infantil venganza:

“¡Na ma da la gana zalir, y na ma da la gana loz juguetez!¡Me voy a quedar aquí para ziempre, hala!” 

Hundido definitivamente, el fracasado clon del  rey Melchor se sentó ante el televisor, silencioso y resignado, dando por terminado lo que debía haber sido un día memorable para los tres.
  
Sonó el teléfono. Era su compañero “Gaspar” interesándose por la pequeña. Félix agradeció el gesto y le deseó una feliz tarde de reyes en compañía de los suyos. Tras beberse a pequeños sorbos un caldo caliente que le acercó su cuñada con la noticia de que Eva se había quedado dormida del puro esfuerzo de llorar, sintió que también se le cerraban los ojos, y se dejó mecer en brazos de Morfeo. Demasiadas emociones, las de aquella mañana. Nadie quiso comer.
  
Un timbrazo le despertó a media tarde. Su cuñada salió de la habitación de la niña con cara somnolienta. Se miraron ambos, preguntándose quién podría ser, puesto que a nadie esperaban. 

La mamá de Eva entreabrió la puerta, y gritó:
  
“¡Pero, qué es esto!” 

El tío Félix se levantó sobresaltado y terminó de abrir la puerta, para mirar. 

“Buenas tardes, creo que ya me conocen, soy Melchor, mago de Oriente”. 

Eva, como accionada por un resorte, saltó de la cama y salió de su cuarto, con la misma cara de sorpresa que adoptaron su madre y su tío. Ninguno tenía el valor de hablar, ni de moverse.

“Tú debes ser Félix, ¿verdad? Y usted, su cuñada. Un placer”. 

Se dejaron estrechar la mano, sin poder salir del asombro, aunque Félix adivinó que su compañero, el que le hubo telefoneado alguna hora antes, quiso echarle una mano que valía oro. Le sonrió. Eso era un amigo, sí, señor.

-¿Qué se le ofrece… Majestad? (Titubeó, sabiendo presente a la niña). 

-He venido a darte las gracias por haberme suplido esta mañana con los niños. Con estos fríos, he agarrado un catarro monumental y he pasado una noche horrible. Fue un detalle que te ofrecieras a vestirte como yo y salir a escena. De no ser por ti, mis compañeros habrían tenido el doble de trabajo.

-¡Ez que mi tio Feli é muyyyyyyy bueno! ¿Zabez? 

Evita se enganchó a la capa del “rey Melchor”, risueña, como si no hubiera llorado nunca,   mirando de nuevo a los pies del mago, no fuera que la timaran de nuevo. 

-¡Hola, Eva! ¿Me invitas a entrar? ¡He venido a abrir los regalos contigo! 

-¡Zí, paza!, -exclamó, tirando de su túnica hacia el interior. 

- A tu compañero hay que dedicarle una fiesta.- Murmuró la mamá al oído de Félix, que permanecía de pie, junto al umbral de la puerta, dudando si aquello terminaba de ser real.
  
Como si hubieran pasado media vida juntos abriendo paquetes, la pequeña y el mago se tiraron al suelo y, rompiendo papel por aquí, y papel por allá, una sonrisa definitiva fue asomando a la boquita de la chiquilla, que acabó saltando entusiasmada junto a Melchor, junto a su madre y junto a su tío, al que definitivamente perdonó, orgullosa del favor que éste le había hecho nada menos que a un rey, esa misma mañana.
  
-¿Ya no eztáz enfermito?,- le preguntó, colocando su manita sobre la frente del barbudo “Melchor”. Éste, estaba segura, sí era el de verdad.
  
-Para nada, pequeña. Tú me has terminado de curar con este recibimiento. Y tu tío ha sido muy bueno conmigo, sustituyéndome para que pudiera recuperarme. ¿Estaba guapo disfrazado de mí? 

-Noooo… eztaba muy feo, y lleva laz botaz muyyyy  zuziaaaaz… 

Félix recordó el guiño que su compañero había dedicado a la criatura esa misma mañana. Le gustaba aquella complicidad entre ambos, y egoístamente admitió para sus adentros que le había venido bien que surgiera. 

A la tarde siguiente, volvió a la Asociación con una botellita de licor cuidadosamente envuelta, que entregó a su leal compañero nada más llegar.
  
-¿Y esto?

-Por el detalle que tuviste conmigo. Lo mereces.

-Pero hombre, qué menos que una llamada. Me había quedado preocupado por la niña.

-Si,  claro, una llamada. Y después… lo del rey... ¿Eh?- Sonrió.

-¿Qué rey? 

Agradeciéndole de nuevo el obsequio, le dio dos afectuosas palmaditas en la espalda y se dirigió al salón de juntas, donde casi un centenar de socios esperaban ante una breve merienda, deseosos de narrarse unos a otros las alegrías de los pequeños que acudieron allá, en la mañana de Reyes Magos.

Mi rorro despierta

Tulipanes estrenaban el día
y galanes de noche se cerraban,
mientras mirlos y zorzales cantaban
impregnando mi jardín de alegría.

El Sol se reponía a la pereza
entusiasta con tan bella acogida
entrando en calorcito en seguida,
enardecido de naturaleza.

Y mi rorro despertaba curioso
siguiendo, con la vista, mariposas,
tendido en su cunita, tan hermoso,

aspirando el aroma de las rosas,
jugando con mi pelo, revoltoso,
rendido a mis caricias amorosas.