martes, 12 de junio de 2018

Croquetas (de la tía Sagrario)


En estos últimos tiempos, nos bombardean los medios con tendencias alimentarias de misteriosa denominación: “”convenience food”, “slow food”, “trashcooking” y “realfooding”, entre otras. Buscando información más específica sobre todo ello, me encuentro con que comprar en el mercado de toda la vida, utilizar alimentos de temporada y autóctonos, aprovechar las sobras de los guisos para elaborar otros nuevos, y optar por alimentos frescos en vez de procesados, ya no es lo natural, sino una mera “moda” vendida como algo excepcional.
Enterarse de todo esto cuando acabo de rallar pan (con rallador, que es un artefacto con agujeros al efecto) como se ha hecho siempre en casa, para preparar unas croquetas como se han hecho siempre en casa, con una pechuga de pollo asado que sobró del domingo, como se ha hecho siempre en casa, y comprado al carnicero del barrio, como se ha hecho siempre en casa, le  baja a una los ánimos, porque no considero nada de esto novedad ni rareza. Me aterra pensar cuánto habrán cambiado las costumbres alimenticias para que así se considere. Si mi tía levantara la cabeza y lo viera… En fin. Por eso hoy quiero dedicarle a su recuerdo… sus propias croquetas. Y de paso, explicar que no se tarda tanto en elaborarlas, que un poco de harina, dos huevos y un resto de comida de otro día nunca pueden ser más caros, ni menos sanos, que unas croquetas congeladas o preparadas de manera industrial.
La tía Sagrario tostaba un poco la harina antes de elaborar la bechamel, y utilizaba salsa del pollo asado junto a la leche, y yo lo sigo haciendo. Creo que le confiere a las croquetas un sabor delicioso. Hasta mi perra hacía fila por probarlas.


Ingredientes:
Para dos docenas de croquetas.
Media pechuga de pollo asado(da igual la izquierda que la derecha, jeje)
Dos o tres cucharadas de la salsa de asar el pollo
Medio litro de leche
80 gramos de harina
50 gramos de mantequilla
Sal
Pan rallado y huevos
Aceite de oliva o girasol para freír
Picamos a cuchillo o con picadora (yo prefiero la primera opción) el pollo, y lo reservamos.
En una cazuela disponemos la salsa del asado. Si está semisólida, la derretimos un poco al fuego, y añadimos leche hasta completar medio litro de capacidad. Esto se puede hacer también en el microondas.
Ponemos  la harina en una sartén honda sobre fuego moderado, y la vamos calentando poco a poco, sin dejar de remover con una cuchara de madera o de silicona. Empezaremos a ver que humea y que empieza a oler, pero no hay que permitir que pase de un color marfil. Añadimos la mantequilla y seguimos removiendo hasta que se forme una pasta llamada “roux”.
Apartamos la sartén del fuego y añadimos como vaso de la mezcla de leche sobre la harina, y removemos hasta que sea un poco más clara. Volvemos a poner la sartén al fuego y, esta vez sí vamos volcando el líquido poco a poco, removiendo con rapidez, mientras la bechamel lo vaya “pidiendo”. Cuando esté espesa al punto de verse el fondo de la sartén al dar vueltas con la cuchara, y nos cueste trabajo seguir, podemos apartarla. Es el momento de añadir el pollo desmigado, mezclar y volcar sobre una fuente.
Estará muy caliente, hay que tener cuidado. Conviene tapar entonces la bechamel con papel de horno (se puede hacer con film plástico, eso depende de las ganas de ustedes de cuidar el planeta). El papel, al estar en contacto con la salsa, evitará que se endurezca la superficie.
Ahora es cuando, por lo general, se llama a los familiares para que se lancen, cuchara en mano y como posesos, a rebañar la sartén donde hemos elaborado la bechamel.
Yo acostumbro a preparar la bechamel en la víspera y empano las croquetas por la mañana.
En un plato grande dispongo el pan rallado, y en un cuenco voy batiendo huevos, uno a uno según avanzo. Con dos cucharas soperas “pellizco” cinco o seis trozos de bechamel (para que me salgan de un tamaño lo más similar unas a otras), y con un poco de pan voy dando forma a las croquetas. Las paso después por huevo y de nuevo les doy un segundo baño de pan, y las coloco en una bandeja, en fila.
Una vez hechas, si queréis congelarlas, conviene hacerlo así, extendidas en la bandeja, y se envasan una vez congeladas.
Vierto como tres centímetros de aceite (de profundidad) en una sartén y lo dejo calentar hasta que, echando una miga de pan, ésta flote y se fría de inmediato. No escojo una sartén grande, porque las voy friendo de tres en tres para que no se empapen de aceite. Las ponemos a escurrir sobre papel de cocina o un paño al efecto, y si podemos, las hacemos llegar a la mesa en una fuente. Yo, desde luego, no he podido esperar.
 
 
PD: Quien dice “pollo”, dice “restos del cocido”, o “pescado que haya sobrado de una cena”, o “huevo cocido”, o “espinacas”, o simplemente “frutos secos y tostados”. Si hay algo versátil y agradecido, son unas croquetas. Sin modas. Sin tendencias. Croquetas.

sábado, 9 de junio de 2018

Entregarte a ella (Soneto dodecasílabo)


Entregarte a ella ha de ser mi destino;
renunciar a ti en favor de tu dicha,
luchar por tu suerte pese a mi desdicha,
que consigas paz, renunciando a mi sino. 

Palabras de afecto que calmen tu pena
perdiéndote adrede en pro de tu sosiego
por verte feliz olvidaré mi ego;
no será un castigo, sino dulce condena. 

Mi felicidad pasa por la tuya;
Sólo si sonríes, será que  sonría;
aunque, desde ahora, de tu lado huya 

en silencio, antes de que llegue el día
que, por tu elección, mi amistad concluyas
y te ayude, así, a encontrar tu armonía.

 

Siempre contigo

“I love you”.
Siempre me gustó dibujar corazones sobre el vidrio empañado. Y siempre anotaba, dentro de ellos, un “I love you”. A nadie en particular iba dedicado, pero me gustaba hacerlo. Si algo falta en el mundo, es amor. Me gustaba, también, observar la avenida desde la gran ventana de cristal traslúcido, sabiendo que desde fuera nadie me vería  ataviada con traje de baño y zapatillas. 
Miré el termómetro: Dos grados Celsius en el exterior; veintitrés centígrados en el interior del recinto.
Me senté al borde de la piscina y algo llamó mi atención a pocos metros de mí, sobre el suelo. Un libro. Alguien lo había olvidado allí. Le pregunté a la única persona que había allí conmigo, un hombre maduro y de envidiable físico, que me dio una negativa respuesta (molesto quizá por mi interrupción, sin sonreírme siquiera, lo que restó el noventa por ciento a su encanto), y siguió calentando músculo. 
Observé la portada: Un título largo y la imagen de una orquesta de cámara sin músicos, pero preparada, parecía, para comenzar a interpretar una majestuosa sinfonía. Y el autor, un eminente psiquiatra conocido y admirado por su trayectoria, y por apariciones frecuentes en medios audiovisuales.
No miré más, el libro no era mío. Me incorporé y busqué a uno de los vigilantes para entregárselo. Me lo agradeció y continué con mi baño dominical durante una hora, para marcharme a casa después. 
Al regresar el domingo siguiente, el libro me fue devuelto por el mismo vigilante, que arguyó  no haber recibido noticias de su dueño en toda la semana. Esa misma tarde yo partiría en tren hacia el norte, era víspera de Nochebuena y celebraría las navidades con unos parientes lejanos con los que, encantada, ya lo llevaba haciendo desde unos años atrás; navidades que me servían  para reencontrarme con ellos y no hacer pereza por verlos, puesto que los quería mucho, solo que la distancia y las ocupaciones me ponían difícil visitarles con más frecuencia.
Estupendo. Recuperar el libro me evitaría tener que comprar lectura para el trayecto y además, lo admito, me había picado la curiosidad.
 
El viaje no pudo resultar ser más ameno. Me emborraché de ternura y emociones con aquella novela. Me enamoró perdidamente; rebosaba sensibilidad, anécdotas de vida maravillosas, cordura, experiencia, enseñanza. Disfruté como pocas veces lo había hecho leyendo, y me prometí que, a la vuelta, ese libro ocuparía un lugar preferente entre mis novelas escogidas, aquellas que terminan ubicadas oportunamente en un estante especial, a sabiendas de que serán releídas alguna vez.
Llegué a la estación cuando aún me faltaban tres capítulos para concluirlo. No importaba; esa misma noche lo acabaría en la soledad de la habitación de invitados.
… o eso creí. Una vez terminado el protocolo de abrazos y halagos de cinco o seis familiares que me fueron a recibir al andén, dejé que se ocuparan de mi equipaje y de súbito vi cómo, después de despedirse con un toque de silbato, mi tren iniciaba la marcha de nuevo… con mi libro dentro.
Lo había olvidado sobre el asiento. Al darme cuenta se me encogió el estómago intentando digerir un amargo cóctel de rabia e impotencia.
De haber tenido tiempo, habría plasmado un corazón sobre el cristal empañado de mi vagón con un “I love you” dedicado a él.  
La alegría y la euforia de mi familia causaron que superara el trago, pero sólo temporalmente. En la soledad de mi habitación de invitados me encontré casi perdida sin mi novela. No pude terminar de emborracharme de ternura y emociones; ya no me embargarían la sensibilidad, las anécdotas de vida maravillosas, la cordura, la experiencia, y la enseñanza de sus páginas. Ya no pude saber qué deliciosas vivencias me habrían deparado en los últimos capítulos de su fluída prosa.
Al día siguiente, cena de Nochebuena. Visité junto a mis parientes lugares adornados por Navidad para deleite de los que pisáramos las calles. No comenté nada sobre mi novela tan hallada como perdida, y, pasando ante una librería, pensé preguntar si la podrían tener allí por un casual, pero no quise entretener con mis caprichos a mi familia; ya buscaría cuando volviera a mi localidad. 
Disfruté de la cena como cada año, rodeada de cariño y exquisitos manjares, riendo, cantando, y destilando buenos deseos para aquellos que, cada año, abrían las puertas de su hogar para mí y me aceptaban como a una hija o hermana más, aun siendo una simple sobrina para algunos y una prima para otros. 
Llegó, como era costumbre, el instante de abrir regalos. Yo acostumbraba a llevarles un presente colectivo: una cesta navideña llena de productos de mi tierra que sabía que ellos degustaban especialmente, nada baratos, por cierto. Pero no es caro aquello que se ve que alguien disfruta. Ante mí dispusieron varios paquetitos, y procedí a descubrirlos nerviosamente entre silencios y miradas cómplices, pues siempre supieron acertar con mis gustos. 
Y esta vez afinaron también: En un paquete, un disco compacto de música celta, concentrado deleite en formato digital. En otro, una enorme pañoleta con motivos indie que me vino al pelo, pues no había llegado lo bastante preparada para las terribles heladas que me recibieron. Y abriendo el tercer envoltorio, hallé un libro. Un libro de título largo, y la imagen de una orquesta de cámara sin músicos, pero preparada, parecía, para comenzar a interpretar una majestuosa sinfonía…

lunes, 4 de junio de 2018

Tarta de calabaza, membrillo y requesón





No es una tarta empalagosa, pero tiene un sabor muy agradable.
Ingredientes:
Para la base
12 galletas con chocolate
100 gramos de mantequilla

Para el relleno
200 gramos de calabaza (puede sustituirse por zanahoria o boniato)
200 gramos de requesón (puede sustituirse por crema de queso o queso fresco)
200 gramos de dulce de membrillo
2 cucharadas soperas de azúcar, y algo más para el gratinado.
tres vasos de leche (tres cuartos de litro)
tres sobres de cuajada en polvo
la cáscara de un limón (quitando la parte blanca)
una rama de canela

Ingredientes para hacer la tarta baja en calorías:
Pata la base
12 galletas tipo digestive, con chocolate, sin azúcares añadidos (bueno, realmente las he usado yo en la receta, si lo véis en las fotos)
100 gramos de queso crema light

Para el relleno
200 gramos de calabaza (puede sustituirse por zanahoria)
200 gramos de queso blanco desnatado.
200 gramos de gelatina de limón sin azúcar(de la que viene ya hecha en tarritos)
Edulcorante sólido o líquido, equivalente a cuatro cucharaditas pequeñas de azúcar
tres vasos de leche desnatada
tres sobres de cuajada
la cáscara de un limón
una rama de canela
mermelada de albaricoque o de melocotón, para dar brillo a la tarta.

Elaboración:
Primero vamos con la base. Se trituran las galletas y se mezclan con la mantequilla hasta hacer una pasta que se unta en el fondo del molde de tarta. Hay quien recomienda que se funda antes la mantequilla, pero yo prefiero sacarla una hora antes del refrigerador, y que tome punto de pomada. Meteremos el molde a enfriar mientras vamos haciendo el relleno.


Vamos a cocer la calabaza pelada y troceada al vapor. En el agua, ponemos la canela y la cáscara de limón. Iremos pinchando de vez en cuando para ver si está tierna, y la reservamos.
NO tiramos la canela ni las cáscaras.

En una cazuela, ponemos a hervir dos de los tres vasos de leche, con esas cáscaras que hemos usado para la calabaza. Mientras tanto, en el otro vaso de leche, fría, disolvemos los sobres de cuajada. Cuando la leche de la cazuela esté a punto de hervir, la retiramos del fuego, tiramos (esta vez sí) las cáscaras y la canela, añadimos la leche fría donde hemos disuelto la cuajada, y ponemos la cazuela de nuevo al fuego. Cuando vaya a romper a hervir, lo apartamos.

En un vaso mezclador, ponemos la calabaza, el requesón, el azúcar y el dulce de membrillo. Poco a poco añadimos le leche caliente, y trituramos. Cuando ya esté todo bien batido, volcamos en el molde de tarta, sobre la masa de galleta, que ya estará endurecida.

(Yo he utilizado otras cantidades porque he hecho dos tartas). Metemos la tarta en la nevera durante cuatro horas más o menos, o la hacemos en la víspera y la dejamos enfriando toda la noche.

Una vez cuajada, espolvoreamos con un poco de azúcar y lo quemamos (como si fuera una crema catalana, pero sin formar una capa sólida de caramelo, sólo es para tostar y adornar). Si no tenemos soplete, puede hacerse el el grill o con un quemador. Enfriamos de nuevo en la nevera hasta la hora de servir.


Elaboración baja en calorías:

Para la base, mezclamos las galletas trituradas con el queso crema light.

La calabaza se hierve del mismo modo que antes he contado.
La leche cuajada se hace también igual pero con leche desnatada.
En el vaso mezclador batimos la calabaza con la gelatina, el queso blanco desnatado, el edulcorante artificial y la leche con cuajo.
En vez de caramelizar la superficie, pincelamos con la mermelada de albaricoque o de melocotón sin azúcar.



jueves, 17 de mayo de 2018

La vena de tu miembro

(Soneto erótico)
 
La vena de tu miembro es la dinamo
que en su latir, enciende mis sentidos,
que abre mis labios, para tí rendidos
y es el mástil de la pira que amo. 

La vena de tu miembro me obsesiona,
despierta tu virilidad yacente
haciéndote manar viva simiente,
llenando, dulcemente, mi persona. 

Riadas de placer en estallido
la vena de tu miembro me origina,
matándome al besar su recorrido. 

Pues bebo, cual veneno, tu ambrosía
me ahogo en una hiedra de libido
y muero bajo el mar de tu ardentía.


martes, 15 de mayo de 2018

Guindillas


Nadie.
Me pareció que llamaban a la puerta, mas al abrir la mirilla, a nadie hallé detrás. Volví sobre mis pasos, apoyada en mi muleta. No había llegado de nuevo a la salita de estar, cuando escuché el timbre de nuevo. Ahora, en vez de mirar, pregunté:

-¿Quién? ¿Llama alguien?

-Señola… ¡¡Galcía!!

Nunca había pronunciado nadie mi nombre así, y menos aún con voz de niña. Me asomé de nuevo a la mirilla y me topé con un montón de dientes. Abrí la puerta. Tuve que bajar la cabeza para verla. Ahí, de pie, se me personaba una criatura menuda, de cabeza grande y cuerpo diminuto, con evidentes rasgos orientales, que sonreía de una manera escandalosa. No sabría qué edad atribuirle, pero calculé unos cuarenta años, aunque, ciertamente, parecía una muchachita.

-Yo soy Amalia García. Sí. ¿Qué desea?

La mujer extendió el brazo de súbito, hasta darme casi en el rostro con el sobre que portaba.

-Señola… Liaño… ¡me manda!

Cogí el sobre y lo abrí. Dentro, doblada de modo caótico, había una cuartilla.

-¿Consuelo Riaño, dice usted?

-¡Sí!, -Asintió, con una sonrisa de oreja a oreja.

“Querida Amalia: Como te prometí hace unas semanas, te envío a quien ha sido mi fiel asistenta durante estos últimos meses. Te gustará. Si por algo me duele tener que marchar tan lejos a estas avanzadas edades, es por tener que prescindir de ella. Es camboyana, habla bastante mal el castellano, pero lo entiende todo. Te envío mi nueva dirección y número de teléfono, así como fotocopia de su permiso de residencia. Un abrazo. Chelo.
PD: Ten siempre en casa algún bote de guindillas en vinagre; para ella, son una golosina.”

Metí de nuevo la carta en el sobre y miré de nuevo a mi repentina invitada, que seguía sonriendo. Media cabeza suya era sonrisa, y exhibía, la verdad, una caja dental lamentable, llena de piezas torcidas y amarillentas que no conseguía restar dulzura a su faz. Me pareció incluso que tuviera dos hileras de dientes, aunque esa falta de complejos para exhibirlo despertaba mi ternura más, si cabe.

Es cierto, Chelo me dijo que me la recomendaría, pero no pensé que la enviaría por transporte urgente.

-¿Cómo se llama usted?

- Yira-Poh-Wang

- Dios…

-Llamá… ¡Yira!

Me contagió la sonrisa. Deduje que le venía de serie. Me pareció un ser tremendamente gracioso. Hablaba muy despacio, pero cuando llegaba a la última palabra de cada locución, tras un breve silencio, de súbito elevaba el tono y la pronunciaba casi gritando. Convertía en agudas la mayoría de las palabras llanas, y eso confería una chispa peculiar a su vocalización.

-¿Duerme ahora en alguna parte? ¿Tiene hoy donde dormir?

-Casa… señolá… ¡Liaño! Malcha hacia nolte...  ¡mañana! Malido… … ¡jubilado!

-Y, ¿por qué no se va con ella al norte? Ella estaba a gusto con usted. Y Galicia es precioso.

-Nolte… ¡flío!, -exclamó, encogiendo el rostro. Decididamente, la prefería sonriendo.

-No llamá … ¡"usted"!; Me gusta… … "¡tú!"

Vaya, eso significaba dos cosas: que debía tutearla, y que disponía de veinticuatro horas para acomodarla en alguna habitación. Valiente gamberrada, la de mi amiga. Solamente tenía una cama plegable que compré meses atrás, para acomodar en ella a mi sobrina mientras me cuidó durante una convalecencia. Pero, habitaciones, tendría para elegir. La casa era muy grande.

Le fui franca. Le dije que tendría que pasar unos días de prueba antes de decidir si me quedaba con ella. Para mi sorpresa, asintió encantada con la cabeza, como ya era natural, sonriendo. Le invité a entrar, y le enseñé, estancia por estancia, el que, desde el día siguiente, sería también su hogar.

Dos horas desde su aterrizaje, y Yira ya pasaba el plumero por las estanterías a velocidad de vértigo. Me daba hasta apuro ver, a la que aún me fuera una perfecta extraña, tan volcada en el deber doméstico de mi casa. Yo debía salir a comprar algo para comer, me vestí y me peiné. Le pregunté si me acompañaría, y en menos de dos segundos la tuve en la puerta con abrigo puesto, y agarrándome suavemente del brazo, sonriente, claro, para llevarme hasta el ascensor. Incluso me cogió las llaves para cerrar ella la puerta. Creo que acababa de tomar conciencia de mi propia edad. Nunca antes me habían cuidado, a excepción de cuando me rompí la cadera y pude contar con la ayuda de una sobrina nieta, a la que brindé cobijo a cambio hasta que encontró trabajo y pudo emanciparse, pero siempre quise valerme por mi misma si no lo precisaba de verdad. Mis ochenta años eran reales.

Al llegar al supermercado, la miré preguntándome qué querría comer. Como mi amiga me indicara, me entendió a la perfección.

-Usted… ¡complá!; Yo como… ¡todo!

Con una mano portaba una cesta; con la otra me llevaba a mí. Le indiqué que, aun con muleta, podría caminar sola. Me soltó, pidiéndome perdón por ello. Cargué la cesta con  verduras y algo de pollo, y, por supuesto, un bote de guindillas en vinagre. Su sonrisa iluminó el supermercado. Al llegar a casa, nos despojamos de abrigos y me dirigí a la cocina, pero ella no me lo permitió.

-Usted… ¡sientá!; Yo… cocina… hago… … … ¡comidá!

Fui cogiendo el truco a su particular modo de pronunciar. Cuanto más énfasis quería darle a la última palabra de sus frases, más larga era la pausa que la precedía, como si tomara carrerilla. Y su estrategia funcionaba; lograba que yo captara el mensaje y la intención. Esta mujer amenazaba con llenarme la casa de puntos suspensivos.

Me quité la ropa y me cubrí con una cálida bata. Al volver a la cocina, encontré a Yira en cuclillas, con las rodillas pegadas a los hombros, y con una cacerola grande y una tabla sobre el suelo, picando verdura a toda velocidad.

-Mujer, siéntate a la mesa, ¡Debes estar incómoda ahí agachada con la cazuela en el suelo!

Se levantó y me apartó suavemente con la mano.

-Usted… ¡descansá! Yo… mejor así… ¡costumble! No… ¡pleocupe! Así, cazuela… ¡no cae suelo!

La comida estaba exquisita, Yira no era aprendiz entre fogones. Y viéndola trabajar así, me empecé a encontrar a gusto. Chelo no me había mentido.

Me fijé en su trenza negra e interminable, le llegaba hasta la cintura. Le imaginé una melena impresionante, de color semiazulado, lisa y lustrosa. Con cierto bochorno y casi susurrando mientras tomábamos un delicioso té, me preguntó si yo veía telenovelas. Le dije que no estaba entre mis aficiones, pero tenía mi permiso para encender y apagar el televisor cuando gustara, en sus descansos y tiempo libre. Esa "no afición" mía, terminó aquél día precisamente, porque "El amor imposible de Alberto José y Espuma Blanca", me enganchó aproximadamente cuatro años, más o menos los que le llevaba enganchando a Yira.
 
Tras el capítulo, me quedé algo traspuesta en el sillón, mecida en parte por susurrantes cánticos de mi asistenta, a los que no tardé en acostumbrarme. Ella reanudó su labor como accionada a pilas. Parecía una cucaracha despistada, correteando de acá para allá, rápido, rápido, sin detenerse. De vez en cuando entraba en la salita, y con su ya habitual sonrisa se cercioraba de que yo estuviera bien. Yo, en mi duermevela, le respondía con otra; me contagiaba sin remedio.

Hacia el anochecer, entró a preguntarme qué quería de cena. En la nevera encontraría fiambre y material para una buena ensalada. En un rato estaría preparada la mesa, con el bote de guindillas abierto y listo para ser asaltado. Me preparó un sándwich de pavo y me acercó un plato de ensalada, y el bote de guindillas. Las rechacé; en mi juventud me gustaba comer alguna de vez en cuando, sobre todo cuando comíamos cocido, pero era un alimento demasiado fuerte para mí.
 
Después de cenar, Yira marcharía a dormir a casa de mi amiga Chelo, y al día siguiente vendría otra vez, aunque me pidió llegar un poco más tarde, para poder despedir a los que habían sido sus jefes hasta ese día. Pero ahí no terminaron las sorpresas. Para mi asombro, agarró dos rebanadas de pan, y se fabricó un sándwich ¡de guindillas!.

No podía creerlo. Mi nueva asistenta engulló ante mí aquella bomba de relojería sin pestañear... porque cerró fuertemente los ojos. Saltaba, lloraba, bebía agua como una rana, se sentaba de nuevo, y mordía otra vez su sándwich para saltar de nuevo, llorar de nuevo, beber de nuevo… Impresionante. Me dejó con la boca abierta. ¡Además, la mujer disfrutaba!

-¡ah!... ¡aaaaah! ¡oooh!... ¡guindillá!... gusta… ¡mucho! ¡ah! ¡oh!

En un intento de ayudar, le ofrecí un trozo de queso manchego, a ver si ello conseguía calmar sus ardores esofagales de alguna forma.

-¡Noooo, quesó, no!... ¡Agh! Queso huele… … … ¡pies!

A mi edad, pensaba que poco nuevo me quedaba por ver; estaba en un error, por descontado.
Cuando Yira marchó, me dio un beso en la frente. Otra sorpresa más… que me gustó.
A la mañana siguiente, no tardó en llegar tanto como pensaba. Mi amiga y su esposo debieron madrugar para emprender viaje. Apareció cargando una pesada maleta. Escogió una habitación donde no había más que un armario que vacié de viejos abrigos, y dos antiguos aparadores cuyos estantes habilitó para ropa doblada. Me pidió, eso sí, una mesita pequeña, y le indiqué dónde podría encontrar dos que, rápidamente, se llevó allá. Entre ambas, sudando, (y yo, cojeando), pudimos también trasladar la cama plegable. Sacó una bolsa pequeña con objetos que repartió en los cajoncitos de ambas mesillas. Y extrajo, con cuidado, de un saquito de tela, cinco figuritas de Buda de diversos colores y tamaños, que colocó con mimo sobre una de ellas, ocupándola por entero y susurrando (supuse que rezando) ininteligibles palabras. La observé curiosamente, y se dio cuenta.

-Buda ocupá sitio… ¡mucho!... Buda siemple… ¡sentado!... Nosotlos no… ¡Clucifijo!... ¡Agh! Toltula… …
maltilio… … látigo... ... espinas... clavos...   suflimiento… … … ¡holible!... cristianos… ¡malos!

Por primera vez en mi católica existencia y ante aquella mueca de terror, mis religiosos pilares temblaron bochornosamente, lo admito. Aunque necesité contarle que los cristianos no fuimos quienes lo crucificamos, preferí dejar el tema y comprender.

Me retiré a la salita, en aras de cederle intimidad para terminar de ubicarse, y que descansara un poco si lo necesitaba. No comimos tarde, de todas maneras. Preparó un rico arroz a la cubana. Como el día anterior, almorzamos juntas en la salita; me agradaba su compañía en la mesa. Esa tarde le haría pasar después de la novela, además, una prueba difícil y para mí crucial: la plancha.

Le di dos blusas y dos faldas escogidas ad hoc de mi ropero, con los justos dobleces, volantes y fruncidos como para poner nerviosa a la planchadora más experta. Debía probar su destreza, y ella, al ver que no era ropa recién lavada, captó mis intenciones. Aun así, sonreía.

-Yo abro… ¡tablá!... Plancho ahola… ¡mismo!... Usted… ¡obselvá!

No se amilanó; escogió primero la blusa de chorreras, la más complicada de estirar. Con suma delicadeza, la extendió sobre la tabla, comprobó la temperatura de la plancha, y se puso a ello. En mi vida había visto planchar así. Mimó la prenda. La extendía cogiéndola suavemente por las costuras con dos deditos, la acariciaba con la palma de la mano. Juraría que la blusa disfrutaba siendo planchada. El tejido parecía estremecerse bajo el calorcito y con los arrulladores tarareos de su planchadora que, en lo indescifrable de su idioma, se me antojaban dulces y tiernas nanas. Sólo faltaba que mi blusa se quedara dormidita entre sus brazos. Era una delicia mirarla laborar así, ¡volcaba todo el amor del mundo!

-Yira, (pregunté, temerosa por interrumpirla), ¿quién te enseñó a planchar? Me estás dejando sin palabras.

-Camisa… como piel… … ¡pelsona!... Misma… ¡folma!... Mismo… ¡huele!... Si tú amas pelsona… tú amas… … ¡camisa!

Me dejó muda, si aún era posible, un buen rato más.

-Quedas contratada. No hay más días de prueba y mañana iremos a oficializar tu contrato. ¿Vamos a comprar guindillas?

Mi camboyana cuidadora sonrió como nunca. Su sonrisa, pintó las paredes y los techos acrecentada de felicidad, inundó todos los rincones de la casa, salió por las ventanas y recorrió calles y barrios. Toda la ciudad, claudicada ante Yira y desde entonces, se hizo sonrisa.

 

jueves, 10 de mayo de 2018

Flan de peras


 

Este flanecito es una delicia, y además, fácil.

 
 
 
Necesitamos, para tres flanes individuales: 
2 peras grandes o cuatro pequeñas, muy maduras (ya os digo después por qué)
2 huevos
1 ramita de vainilla, o media cucharadita de esencia o de azúcar vainillado

una cucharadita de mantequilla
200 mg. de nata líquida
40 gr. de azúcar 
Para el caramelo: 4 cucharadas de azúcar y el zumo de medio limón
Primero vamos a elaborar el caramelo. En un cacillo al fuego disponemos las 4 cucharadas de azúcar y el zumo de limón, y dejamos que se vaya haciendo, hasta que tome un color miel. Cuanto más dejemos que oscurezca, más amargará.
Antes de que endurezca, untamos las paredes de los moldes con él. 
Pelamos las peras y las cortamos en trocitos. Vamos a saltearlas un minuto en la mantequilla, a fuego fuerte, para que se doren un poco. La idea de utilizar pera madura es que tiene jugo, es acuosa, y cuando se haga el flan, no quedará su textura en trozos duros, sino parecidos a una mermelada. Encendemos el horno a 180 grados y preparamos una fuente con agua para hacer un baño María.

Para hacer el flan, hay dos maneras, y os explico ambas: 
Manual. Batimos la nata con el azúcar y la vainilla (si es en rama, la abrimos y usamos solamente las semillas). Batimos aparte los huevos, MUY POCO, lo suficiente para que se mezcle la clara con la yema, pero no ha de perder la elasticidad propia del huevo, ni formar espuma. Mezclamos los huevos batidos (mezclar, no batir) con la nata azucarada, y añadimos las peras.
Con Thermomix:  Introducimos la nata, el azúcar, la vainilla y los huevos en el vaso. Activamos sin temperatura, velocidad 2, giro a la izquierda.  Después añadimos las peras y mezclamos con la espátula. 
Llenamos los moldes. Los colocamos en la fuente con agua, y cuando el horno esté caliente, los metemos dentro. Yo calculo 45 minutos, pero se puede ir probando a pinchar con un cuchillo. Cuando salga seco, está el flan. Dejamos enfriar, refrigeramos, y ¡¡al postre!!