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jueves, 31 de diciembre de 2015

Natillas de mazapán

Desde siempre, mi hermanito ha sido el "abridor oficial" de las cestas navideñas que llegaban a casa.
Tenía concedido ese cargo de pleno derecho, por obvias y amorosas razones, y nos gustaba verle sacar entusiasmado los manjares de las cajas, aunque éstos no fueran del todo de su gusto. Era lo que ocurría con los turrones y el mazapán, que arrinconaba con descaro en la mesa para buscar el queso y el embutido dentro de la cesta, de los que, como estaba mandado, daba tan buena cuenta como nosotros.
Hasta que me dió por acudir a la cocina de aprovechamiento, y un año se me ocurrió preparar unas natillas con el mazapán. Desde entonces, también lo buscaba con avidez en la caja cada navidad, y cuando lo encontraba, exclamaba: "¡¡Natillas de mazapán!!"

Ahora ya no viene cesta de navidad, por los recortes que las empresas han tenido que acometer, pero compro el mazapán adrede para hacerle sus natillas, y esta noche las tendrá en la mesa como preludio de las uvas.


Precisamos:
Medio litro de leche (da igual con nata que sin ella)
2 huevos
400 gramos de mazapán
2 cucharadas colmadas de harina de maíz (tipo Maizena, aunque sirve cualquier marca)
Medio vaso de azúcar (o 100 gramos)
Una rama de canela
La piel de una naranja y un limón (cuidando de cortar sólo la parte de color, ya que la parte blanca amarga)
Canela en polvo y galletas para adornar


Primero infusionaremos la leche con las pieles de fruta y la rama de canela. Esto es, la pondremos al fuego, y justo antes de que rompa a hervir, la apartaremos y taparemos, dejando templar.



Una vez esté a temperatura ambiente, la colaremos y tiraremos los tropiezos.



Trituraremos las figuritas de mazapán y nos quedará una especie de bola húmeda, lo que mi abuela q.e.p.d llamaría "un engrudo". Añadiremos la leche aromatizada y trituraremos de nuevo, hasta que quede totalmente emulsionado.




Lo pondremos de nuevo en una cazuela al fuego (sirve aquella que hayamos usado para la leche), y añadiremos los huevos, el azúcar y la harina de maíz, subiendo el calor muy poco a poco (para que no cuajen las yemas) y sin parar de remover, hasta que espesen.



Apartaremos las natillas del fuego y serviremos en los recipientes que vayan a la mesa. Espolvorearemos canela por encima, y adornaremos con una galleta.



Están muy buenas y resultan muy apropiadas para estas fiestas. No se parecen a la sopa de almendra, que lleva distintos ingredientes,  elaboración, sabor y textura. El mazapán, a diferencia de la pasta de almendra, confiere al postre un sabor más "acaramelado" debido al tostado de éste.


Espero que os gusten. Quien quiera la "versión Thermomix", no tiene más que pedirla.



Con este humilde aporte, os deseo una transición de año preciosa, y un 2016 plagado de buenos acontecimientos, equilibrio y armonía.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Bizcocho de dulce de membrillo

Un bizcocho húmedo y aromático donde los haya. El olor que deja en la casa mientras se cuece en el horno, le hace a uno la boca agua, os lo aseguro. Y queda tal regusto en la boca, que después da pena tomarse el café…


Ingredientes:
300 gr. de dulce de membrillo
300 gr. de harina
La ralladura de una naranja
Una cucharadita de canela en polvo
3 huevos
Un vaso (1/4 de litro) de leche
Medio vaso de aceite de girasol
Una cucharada o un sobrecito de levadura (polvo de hornear)
Mantequilla para engrasar el molde

En una batidora, trituramos por este orden, añadiendo el siguiente ingrediente cuando el anterior ya esté bien mezclado:
El dulce de membrillo
Los huevos
La ralladura de naranja y la canela
El aceite
La leche
La harina
La levadura

Encendemos el horno, calor inferior, a 130 grados. Cuando alcance la temperatura, metemos el molde y lo dejamos más o menos 40 minutos (dependerá de cada horno). Cuando veamos que por arriba se ha abierto y está dorado, abrimos un segundo, lo pinchamos en el centro hasta abajo con un cuchillo fino o un pincho. Si sale seco, ya está hecho.
Lo sacaremos del horno y lo dejaremos enfriar  sobre una rejilla (que pase aire por debajo), antes de desmoldarlo.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Amor de naricilla fría

Compuse este sencillo poema para Mus, que se me fue este verano. Quise también, puesto que estoy en ese momento en el que uno dice no querer más mascotas, hacer mención en él, a aquellas que compartieron vida conmigo.



Amor de naricilla fría,
de rabito, pata y pelo, 
amor fiel, que tanto anhelo,   
mi perenne compañía.

Trampolines de mis días,
férreos guardianes del alma,  
equilibrio de mi Karma,
compañeros de fatigas.

A todo el que os conociera
sacábais una sonrisa;
en vuestra vida sin prisa
jugábais con lo que fuera.

Me disteis  paz, alegría;
en la congoja, templanza,
en el fracaso, esperanza
y  en la tristeza, la vida.

Sincronizar nuestros años
debió obrar El Creador:
vuestra vejez es dolor,
vuestra  pérdida hace daño.

Mis mascotas, mis tesoros,
Linda, Mummy, Mus y Zar  
Mathew, Oye, Thor, Randale:    

Os quiero, extraño y lloro.

domingo, 11 de octubre de 2015

Bizcocho de naranja


Este bizcocho es muy agradecido, ya que mantiene la humedad del zumo, y un saborcito a naranja que no deja  indiferentes a los comensales. Os recomiendo hacerlo y probarlo.

Ingredientes:
260 gramos de harina
40 gramos de mantequilla
150 gramos de aceite de girasol
2 naranjas
150 gramos de azúcar
Un sobrecito de levadura química, o una cucharadita rasa de postre
3 huevos

  Lo primero que haremos, será rallar las naranjas, y después exprimirlas, colando el zumo

·         Batiremos los huevos con el azúcar y la ralladura de naranja, hasta que formen una crema  consistente

·         Añadiremos la mantequilla, el zumo y el aceite, y seguiremos batiendo un par de minutos

·         Finalmente, mezclaremos con la harina y la levadura

·         Engrasaremos un molde para bizcocho (yo le pongo también papel de horno) y volcaremos la mezcla en él.

·         Dejaremos reposar la masa mientras se calienta el horno a 160 grados

·         Introduciremos el molde y dejaremos hornear durante treinta minutos más o menos

·         Cuando haya subido el bizcocho y empiece a dorar, comprobaremos con un palillo o una brocheta si ya está hecho por dentro, pinchando. Si sale seco, ya está.

·         Lo sacaremos del horno y lo dejaremos enfriar sobre una rejilla


miércoles, 22 de julio de 2015

Abril para olvidar

“Abril para vivir… Abril para cantar
Abril, flor de la vida al corazón
Abril para sentir… Abril para soñar
Abril, la primavera amaneció”

Ni de lejos, podría remedar al gran Carlos acariciando su dulce canción, pero no pude evitar entonar sus acordes cuando me acerqué a la que fuera un día nuestra casa. Me hallaba, además, en mitad de Abril, lo que a mi mente traía lindos, aunque amargos recuerdos. Te convertí mentalmente en la alondra de la que hablaba tan bella copla, la alondra que dejaba, como  la letra rezara, el dolor para cantar, mas no la luna de Abril para olvidar.
Entré allá y, de primeras, creí que quizá no todo estaba perdido, pues el olor del hogar persistía, y los objetos guardaban su original ubicación, como si nunca nos hubiéramos marchado. Una vez más, tuve la tentación de buscarte, llegando inclusive a sacar el celular del bolsillo, pero me contuve. No era ya momento de amparar esperanzas; hacía un invierno entero que habías decidido dejarme. Fui consciente entonces de que, en efecto y reiterando, no todo estaba perdido; quedaba lo más sustancial: Yo mismo.

Me había costado meses de desvelo y lágrimas llegar al definitivo corolario. Me hiciste tan tuyo durante aquellos años, que pensaba que ya no podría ser de nadie más. La culpa también se obstinaba en realizar su trabajo, castigándome sin compasión. Tan canalla era y es, que siempre albergaré la duda de si no sería yo, más que tú, quien demolería lo que tanto nos costara erigir antaño. La conciencia es un ajuste de cuentas desconsiderado y permanente.
Me dejé, pues, masacrar por ella. Asumí y sufrí mi condena, aislándome del mundo y de las gentes. Me hundí en la penitencia y la desdicha, dejándome llevar por el desespero  y la  pena hasta tocar fondo, creyéndome legítimo merecedor de toda mortificación.

Cuando me vi desgastado por la autodestrucción, y creyendo que ya no quedaba nada de mí,  fui a toparme con mi propio mástil. Hallándose aquél más férreo de lo que pensaba, lo usé como pilar para construirme de nuevo. Me propuse sacar fuerzas para volver a nuestro hogar,  intentando no verlo como tal en el presente, y sí como un escenario en el que hubiera  transcurrido, con sus venturas y miserias, un capítulo más de mi vida, importante, pero no imprescindible para continuar; mucho menos para reemprender.

Busqué en la cómoda de nuestro dormitorio la carpeta con el documento que me fuera menester, y sin mirar más a mi alrededor, abandoné la vivienda, cerrando con llave a ultranza, tanto la puerta, como nuestro pasado.

“Abril para sentir, Abril para soñar

Abril para encontrar un nuevo amor.”


sábado, 27 de junio de 2015

Nuestro día

Siento ya tu vida en mi, empezando,
tu chiquito corazón, ya latiendo,     
tus pies y tus manitas, ya creciendo,  
¡Tu cuerpecito ya se va creando!    

Siento tu diminuto pensamiento
urdiendo emociones, amor y sueños        
entre visajes dulces y risueños     
reclamando, de mí, mis sentimientos.

Y siento tu curiosidad creciente
tan grande y pertinaz como la mía,
un alma pura e ingenua que, inocente       

comparte con su madre la alegría
de tenerte aquí, dentro, impaciente
esperando que llegue nuestro día.

Plum-Cake de café y almendra

Os traigo un Plum-Cake muy fácil y agradecido.
Para los "iniciados", sabed que las diferencias entre un Plum-Cake y un bizcocho son dos: La presencia de una grasa en la masa, en cantidad considerablemente mayor que la que lleva el bizcocho, y la utilización de un molde rectangular y alargado, aunque no es imprescindible, pues sale igual de rico en un molde para bizcochos. La grasa le aporta una humedad característica, y eso permite que, en verano, podamos, si queremos, refrescarlo un poquito en la nevera y tomarlo tranquilamente con un batido frío o una horchata. A temperatura ambiente acompaña muy bien al café del desayuno o la merienda.

Este Plum-Cake se puede elaborar en robot o con una simple batidora (de mano o de vaso), o a mano con unas varillas o un tenedor.

Empezamos. Vamos a necesitar:


200 gr. de nata líquida (para los del otro lado del charco, crema de leche)
Dos huevos. (En la foto he puesto tres, porque eran de gallina joven, muy pequeños)
Un vaso de azúcar
Un vaso y medio de harina (en la foto, como ejemplo, he puesto uno, pero la receta se hace con vaso y medio)
Una cucharada sopera de café soluble (puede ser descafeinado, si queréis)
Una cucharadita (de postre) de esencia de vainilla, o en su defecto, las semillas de una vaina.
50 gramos de almendra cruda picada, o simplemente machacada, dependiendo de como nos apetezca sentirla en el paladar.
Dos cucharadas de mantequilla
Una cucharada o un sobre de levadura química.

Elaboración:
Encenderemos el horno a 150 grados, calor inferior. Introduciremos el Plum-Cake cuando se haya alcanzado esta temperatura.

Comenzaremos triturando la nata con la mantequilla y el café soluble. Es conveniente que estén a temperatura ambiente, por lo cual, las habremos sacado de la nevera media hora antes.


Después, añadiremos los huevos, el azúcar, la vainilla (o las semillas después de abrir la vaina a lo largo y extraerlas), y trituraremos de nuevo. En un tercer paso, volcaremos la harina, la almendra y la levadura, y volveremos a triturar.  


Ya tenemos la masa de nuestro Plum-Cake. Ahora falta volcarla dentro del molde.
Yo suelo forrarlo por dentro con papel de horno, y la parte de los extremos (no cubierta con papel) la unto con mantequilla. Así, una vez enfriado, con tirar del papel hacia arriba, sale fácilmente. Solamente habrá que pasar con cuchillo esa zona que no tenía  papel.


Una vez rellenado el molde, recorté el papel que sobresalía de la altura de éste. Como mi horno tiende a "chamuscar" los bizcochos por debajo, siempre pongo una fuente vacía entre el molde y la bandeja, para que circule aire. ¿Lo véis?



Hornearemos hasta que veamos que el Cake ha subido y se ha dorado por encima. Abriremos la puerta del horno un segundo para pincharlo con un cuchillo afilado o una aguja, en el centro. Si sale seco, ya está hecho. Si sale húmedo, cerraremos la puerta del horno otra vez y bajaremos el calor a 130 diez minutos, volviendo a comprobar después si se ha terminado de hacer.

En ésta otra imagen véis el papel ya recortado y el Plum-Cake recién sacado del horno.


Lo dejaremos enfriar sobre la misma fuente o una rejilla, el caso es que "corra el aire" por debajo del molde.

¡¡Aquí está!!
Os va a encantar el saborcito a café y almendra. Particularmente gusta a los comensales masculinos, porque no es excesivamente empalagoso. Además, para invitados tiene muy buena presencia, ya que sube mucho en el horno.
¡¡a vuestra salud!! 




viernes, 5 de junio de 2015

El despecho de la loba

La comarca del Altiplano era vasta, homogénea, y tediosa de recorrer en automóvil. Toda la escabrosidad de su amarillo consistía, a ratos, en algunos viñedos sueltos y contadas colinas rocosas, apenas visibles. Por supuesto, la monotonía se rompía de modo canalla cada vez que pasábamos por los parques eólicos, con aquellos artificiales y mecánicos molinos que en nada recordaban a la Mancha que conocí de niño.  El sol castigaba con fuerza la chapa de mi utilitario, cuyo interior se salvaba de la quema gracias al aire acondicionado. Costaba creer que en aquella árida zona se dieran vinos tan agradecidos como los de Yecla o Jumilla.

Elisa, que había sido mi compañera durante éstas  mediterráneas vacaciones, mareaba el dial de la radio, intentando dar con alguna canción romántica que sirviera de fondo musical para la nostalgia que ya rezumaba en sus ojos, pese a que aún no habíamos terminado  viaje. Por desgracia, halló a Rod Stewart quebrando la voz por algún amor perdido, y subió el volumen, a fin de sugestionarse en la pena y empaparse de melancolías.
-Seguiremos viéndonos, ¿no?

(Silencio)

-¿Eh? ¿Seguiremos quedando?

Decidí contestar; si no lo hacía, me jugaba ser interrogado durante trescientos kilómetros.

-¿No has tenido bastante con quince días de vacaciones?

-Precisamente por eso. Ha sido tan maravilloso…  Lo coherente es seguir.

-Te propuse un viaje, no un noviazgo, Elisa. No concluyas tan rápido.

-Pero el viaje ha sido el comienzo.  ¿No crees? ¿O a ti no te ha gustado? ¿No repetirías? Nosotros…

-¡Claro que me ha gustado! Y por supuesto, repetiría. Pero repetiría sólo eso: Vacaciones. Eres una chica estupenda, y hay que admitirlo, una loba en la cama. Han sido unos días preciosos, cierto, y yo agradezco que me hayas acompañado. Pero no voy a dar continuidad a esto. No quiero compromisos, y lo sabes. Podremos vernos, pero de vez en cuando, como los amigos que somos. Nada más. No hay ningún “nosotros”.

Esta vez optó ella por la callada como respuesta. Pensé si no habría sido demasiado brusco al sincerarme de nuevo. Giró el rostro hacia la ventana, quizá para que no viera que se le empezaba a humedecer la mirada. En pocos segundos, la adiviné secándose una lágrima.

-Elisa (despegué una mano del volante para agarrar la suya). No me apetece emparejarme ahora. Lo hemos hablado cientos de veces. Siempre te he sido honesto y directo, ¿o no? Me haces sentir mal, cariño. No quiero que sufras. ¿Entiendes que no quiero que sufras?

Me apartó la mano bruscamente, sin volver el rostro hacia mí, renuente a seguir escuchando  lo que no quería oír.

-Te estás comportando como una niña despechada. No me gusta. Y no me vas a hacer cambiar de parecer, Elisa. Nunca te he mentido; te has creado tú sola esta ilusión.

Subió todavía más el volumen de la radio. Stewart había dado paso a una canción funky, por suerte. Necesitaba que la música me ayudara un poco a confortar a esta chica, o al menos, a llenar los silencios.
A llenar el paisaje, en cambio, ayudó un inesperado banco de nubes que apareció de súbito por la parte alta del parabrisas, adelantándonos ópticamente. Enormes bolas de arbusto seco se lanzaron rodando, suicidas, ante el coche, obligándome a dar algunos volantazos para no terminar llevándolas de equipaje en los bajos. A la temperatura que debía llevar el catalizador a esa altura del trayecto, habría sido hasta peligroso, máxime cuando el viento lateral me ponía difícil enderezar el vehículo. Se avecinaba una tormenta que iba, por momentos, oscureciéndolo todo. Elisa permanecía llorando callada, con la cabeza apoyada en el cristal de su ventana y evitando mirarme, ajena, o eso me parecía a mí, a la que se estaba formando ahí fuera.  Confieso que nunca he sabido reaccionar ante una mujer que llora. Me acobardan las lágrimas.

Me aproximaba a una fila de aerogeneradores casi lindantes a la pista que, agradecidos al vendaval, hacían girar sus aspas de manera frenética. Fui consciente del colosal tamaño de aquellos molinos. Se hizo prácticamente de noche en un santiamén, y accioné las luces de cruce. Una espesa niebla surgió no sé de dónde, pero me envolvió, obligándome a reducir drásticamente la velocidad. Como no podía faltarle a mi desazón, un trueno interminable y su correspondiente relámpago cegador se sumaron al evento, y una cortina de agua se desplomó, literalmente, sobre nosotros.

Elisa, ni se inmutaba.

-¿Elisa? Elisa, ¿Estás bien? ¿Tienes miedo? Tranquila, pararé en el arcén bajo el primer puente que encuentre, hasta que escampe.

Así hice, desconectando el motor, dejando encendidas las luces de emergencia. No había visto un coche desde hacía largos minutos, pero debía estar visible para otros bajo el aguacero y la niebla.

Descansé los brazos y miré, relajado, por el espejo retrovisor izquierdo. Curiosamente, tras el manto casi opaco que nos separaba, el parque eólico que había dejado atrás aparecía sólidamente arraigado… ¡sobre el asfalto!
Esperando que fuera un efecto óptico, miré por el espejo central. No era posible. Los molinos estaban anclados a la carretera, como si alguien los hubiera plantado allá. Y no sólo eso. En un instante, las aspas se olvidaron de su giratoria rigidez para retorcerse, cual de culebras se tratara, y venir hacia nosotros a modo de metálicos tentáculos. Los aerogeneradores se desprendieron del pavimento para, a la carrera, intentar alcanzarnos. Las turbinas se me antojaban enormes y ciegas cabezas de pulpo en horrorosa alucinación.

-¡Joder! ¡Elisa! ¡Joder! ¿Has visto eso?

Accioné el arranque una y otra vez, para encender el motor, sin éxito. Apenas sonaba un tenue “click” cada vez que giraba la llave. Tras de nosotros, bajo la lluvia incesante, todo un parque eólico amenazaba con engullirnos. ¿Estaría volviéndome loco?

Agarré a mi compañera  por los hombros, zarandeándola, rogándole que me sacara de la pesadilla. Ella se giró, pero su rostro ya no era el de Elisa.

-¡Qué!... ¡Elisa!

Elisa tenía fauces. Elisa tenía los ojos rojos y almendrados. Elisa tenía toda la faz cubierta de pelo largo, negro y brillante. Elisa tenía unas orejas y un hocico a cada instante más afilados. Me acababa de meter de lleno en alguna versión gore de “Caperucita Roja”.  Una voz profunda, salida de los abismos de la licantropía, me instó a sumergirme, aun más, en lo que yo deseaba sólo fuera un mal sueño.

-Así que, ¿Admites que soy “una loba”?

Sin darme tiempo a reaccionar, se abalanzó sobre mi cuello. Forcejeando con la diestra para desprenderme de aquél monstruo, y luchando con la siniestra por abrir la puerta, sentí su letal bocado en la garganta, y cómo, de a poco, empezaba a perder el sentido. Todo se tornó negro, más negro todavía.

Olí a tierra mojada. El calor del sol me hizo despertar a escalofríos. Quise moverme, pero no podía. No tenía fuerzas.

-Tranquilo, no se agite ahora. Está usted en una camilla. Ha tenido un accidente. Ha perdido mucha sangre.
Miré hacia la voz. Era un hombre joven, ataviado con un llamativo chaleco. Sin apenas darme cuenta, me insertó una vía de modo delicado y certero en la vena del brazo. Me quemaba la garganta; tosí.

-Tenga cuidado, le hemos puesto oxígeno. No mueva el cuello; tiene una herida y le hemos aplicado unas gasas provisionalmente hasta que lleguemos al hospital.

A través de la mascarilla pregunté por mi compañera.
Bajando la mirada, el asistente sanitario alzó la barbilla para permitirme mirar un instante tras él.
Sobre otra camilla había un bulto cubierto con una manta térmica de dorado color. Estaba totalmente cubierto, incluso la cabeza.

-Elisa…

Anímicamente confuso, mareado, afectado, me dejé hacer. Entre varios hombres alzaron la camilla y me introdujeron sobre ella en una ambulancia. Noté algo en la base del cuello. Pasé los dedos bajo el apósito, y agarré un objeto pequeño y duro. Lo miré. Era un colmillo. Un colmillo de lobo.

Antes de que cerraran las puertas, pude ver los restos destrozados de mi coche. Al fondo, los aerogeneradores se veían erguidos sobre la tierra húmeda, y sus aspas, a falta de viento, permanecían detenidas, sólidas y blancas, como la luz del sol que quemaba La Mancha.

Bizcocho casero

Def: "Es el que se ha hecho siempre en casa". El que hacía mi bisabuela, mi abuela, mis tías...

Es muy sencillo y no lleva levadura.

Ingredientes:
1 vaso de harina
1 vaso de azúcar
Ralladura de un limón
4 huevos
1 pizca de sal
Mantequilla para untar el molde



Primero batiremos el azúcar con la ralladura y las yemas de huevo, hasta formar una crema blanquecina.
Después, montaremos las claras de huevo a punto de nieve, con la pizca de sal, para que suban más rápido.
En un bol o ensaladera, mezclaremos por este orden, poco a poco (no volcar de golpe) y muy despacio, ayudados por una cuchara de madera o una espátula:
La crema de yemas sobre las claras.
Finalmente, la harina.



Engrasaremos el molde mientras se calienta el horno, calor inferior, a 160 grados.
Volcaremos la mezcla en el molde, y cuando el horno haya alcanzado la temperatura, lo introduciremos en la bandeja central.
Aunque no se ve bien en la imagen, porque mi horno tiene doble cristal y se refractaba la luz, se puede ver el "truco" para que el bizcocho pueda ir subiendo "tranquilo" sin quemarse por la base. Consiste en poner un molde sobre otro (o sobre una fuente, o dos platos), de modo que quede un espacio entre el molde y la bandeja de hornear.



Cuando veáis que ya está alto y que empieza a dorarse, como en esta foto


será cuando podáis abrir la puerta del horno y pinchar para ver si está hecho por dentro. Introduciremos un pincho o cuchillo fino, y si sale seco, ya podemos apagar el horno y sacar el bizcocho.
Para que no baje mientras se enfría, recomiendo que lo depositéis sobre una rejilla, para que "corra el aire" por debajo.

Bueno, pues aquí lo tenéis. Pese a que no lleva levadura, queda muy esponjoso, os lo aseguro.
¡Dan ganas de hundir el dedo hasta abajo!!



Apunte:
(Así es como está rico para desayunar o merendar; si lo que queremos conseguir es un bizcocho básico para cortarlo, emborracharlo, o hacer una tarta con él, prescindiremos de la ralladura de limón).




Marinero

Espérame en el mar,
marinero,
espera mi llegar
que te quiero.

Mi estrella se cansó
de buscarte,
el cielo recorrió
parte a parte.

Los grillos ya no cantan
a la noche,
sus silencios me hablan
de reproche.

Por marcharte aquél día
y decir
que volver  prometías,
y mentir

Ya sólo me ha quedado
la esperanza
y a Dios le he rogado
la templanza

Espera en tu navío
desde hoy,
espérame, amor mío
que yo voy.

miércoles, 20 de mayo de 2015

El bucle

-No le diga usted a nadie que vine a verla. La tomarían por demente aquí  en la residencia, madre.

- Estoy harta de que otros me restrieguen a sus hijos, a sus nietos... harta de que me recuerden lo sola que estoy.  Por una vez en la vida que he podido saber de ti desde que naciste y te llevaron de mi lado, ¿no lo puedo contar? Nunca tuve valor de decirles que tenía un hijo desaparecido.

-Usted verá lo que hace. Pero le advierto que podría ser peligroso. No he saltado veinte  años para que me modifique usted la existencia por un comentario imprudente, disculpe que le sea sincero. Podría perjudicarme a mí, madre. Piénselo.

-Te sientan bien las canas, hijo. Tienes el mismo rostro que tu padre. El mismo porte, la misma presencia… Y estas fotos que me traes de tus hijos y nietos... Bellísimos.  No se puede negar tu descendencia. ¡Tengo tres  bisnietos!

-¿Quién fue mi padre, al que tanto dice que me parezco? ¿Me va a dejar con esa duda?

-Un aristócrata, de Córdoba capital. Trabajaba yo en su hacienda.

-Se lió con él.

-Me enamoré. Llevaba casi dos décadas interna allá. En cierto modo, se convirtió en mi hogar. Al final de mi estancia yo ya no tenía padres, tampoco hermanos, ni vida social; solamente podía salir los domingos durante una hora para asistir a misa. Y él también sentía por mí, pero estaba casado. Nuestra historia fue duradera, clandestina, pero llena de amor. Imposible, pero tangible. Condenable, pero real. Amarga, pero dulce. Arriesgada, pero intensa.
Cuando quedé encinta, ya sabía que te perdería y que me enviarían lejos, porque su esposa lo supo, claro está. Le obligó a resolver. Créeme: Le supliqué que no me separara de ti, mas ya tenía él acuerdo con el matrimonio que te adoptaría.
No se vive mal en Italia ahora, pese a la crisis, pero yo vine entonces con lo puesto, y con apenas diez mil pesetas que me dio tu padre para que pudiera subsistir hasta que encontrara un trabajo y aprendiera el idioma. El servicio estaba muy mal pagado en España, aún vivía Franco. Tampoco era ya casadera; te tuve cercana a la cuarentena.  En cierto modo me aliviaba saber que ellos te procurarían una infancia mucho más digna. Y se ve, por lo que me has relatado,  que te han tratado muy bien.  Solo que, como madre biológica, quise tenerte ubicado, y no me lo permitieron. Te dieron otros apellidos, y te perdí la pista.
Has de saber que, una vez recuperada de la maternidad reciente, cuando él me llevó a la estación para que yo tomara el tren que acá me trajo, lloró. Sabíamos que sería la última vez que nos veríamos. Era una despedida para siempre. Os perdía a los dos.

-Y tan lejos que terminó viniendo, ya veo. Si no fuera porque estas religiosas, que tan bien la cuidan, me enviaron la carta, yo no habría sabido de su fallecimiento, ni que había pasado usted tantos años aquí, en Roma. Por no saber, no sabría ni su nombre, madre.
No piense usted de todos modos, que en el futuro,  a las empleadas de hogar se les paga mucho mejor. En España no han mejorado mucho las cosas desde hoy.

-¿Falta mucho? Ya sabes… para que yo…

-No abuse de mí, se lo ruego. Nunca le diré la fecha de su muerte. Ya es bastante que sepa que en tres lustros no estará usted aquí.

-¿Tres lustros? Tampoco quisiera vivir tanto, y menos, después de haberte visto por fin, hijo. Yo ya puedo irme tranquila.
Escucha, y ¿Cómo saben las hermanas tu dirección? Si dices que ellas te notificaron mi fallecimiento… No me han dicho nada. Es injusto. Yo he pasado casi cuarenta años buscándote, sin éxito. Tampoco me han comentado que saben que existes.

-No lo sé, pero la carta llegó. Si no, no habría venido directamente aquí. Sólo hace tres años que hemos iniciado los viajes en el tiempo para turistas. La ciencia corre, pero no vuela. ¿Sabe usted lo que es un bucle temporal?

-¿El peligro del que me refieres, si cuento lo de hoy?

-Cuando sucede un encuentro de dos personas que residen en épocas distintas, hay que tener mucho cuidado, porque podría suponer una modificación en el acontecer natural de sus vidas. Aunque eso no siempre es malo. A nosotros, por ejemplo, nos ha ayudado a encontrarnos. Llevamos  hablando toda la noche aquí, en su habitación, y nadie en la residencia se ha percatado de que tiene usted visita. Eso es bueno, porque nuestras  vidas no lo notarán. No hay testigos de este encuentro.
Después de esta noche, usted seguirá viviendo en 2005, y yo en 2032, sin variaciones para ninguno de ambos. Lo que está ocurriendo aquí, sólo lo sabremos usted y yo.

 -¿Cómo nos ha ayudado ese bucle del que hablas, pues?

-No lo entendería, madre. Pero a veces, debido a estos viajes temporales, se enlazan instantes que, desde entonces, dependen unos de otros para poder acontecer. Sin este instante, no sucederá un hecho futuro,  que ha de suceder igualmente para que exista el hecho  anterior. Un jaleo, ¿verdad? Mas ocurre, créalo. Estamos metidos ahora mismo en un bucle.
Celebre que hayamos podido vernos. Yo también la busqué a usted. Mis apellidos de hijo adoptado no me ayudaron mucho. Y usted, según me cuenta, me alumbró en las habitaciones de servicio de una casa, y a escondidas. No había registros donde buscar.

- Ya es extraño que me hayas ido a encontrar años después de mi muerte.

-Aún está viva, madre, por eso he venido ahora. Y gracias a estos modernos viajes temporales, he llegado a tiempo de cumplir nuestro sueño de encontrarnos.

-¿Vendrás a verme más veces?

-Por supuesto. El traslado ha sido costoso económicamente, aunque ha sido la mejor inversión que haya realizado jamás, y la máquina teletransportadora desgasta mucho el organismo. No recomiendan repetir la experiencia hasta que no hayan transcurrido al menos dos años desde la anterior. El daño celular necesita su tiempo para repararse, y yo ya tengo una edad para no jugar con la salud, ya estoy jubilado. Pero no se preocupe, para mí pasarán unos años; para usted, unos días. Programaré la próxima llegada para el domingo que viene. ¿Quiere?

-¡Claro! Ay, qué lástima, hijo. Lo que me gustaría salir ahí fuera y presentarte a todos. Y que te quedaras a comer con nosotros. Y que nos contaras de esos avances de la ciencia  tan increíbles.

-No debe ser, y lo sabe.
Está amaneciendo, madre. Será mejor que me marche. Pronto vendrán a asearla, y nadie ha de  verme aquí. Si quiere, le ayudo a meterse en la cama. Yo, después, sencillamente, me esfumaré para aparecer en mi época y en Madrid, en el mismo instante y lugar en que lo hice para venir. Allá me espera el personal de teletransporte. Me harán un reconocimiento médico nada más llegar. Disculpe que me lleve las fotos; no debo dejarlas acá.

-¿Me prometes que vendrás el domingo? ¿Me las traerás de nuevo? Y alguna más, de tu juventud, si tienes.

-Haré lo posible, madre. Ya sabe que he de dejar  pasar al menos dos años para estar listo de nuevo. Si estoy sano para entonces y paso las pruebas médicas de idoneidad para viajar en el tiempo otra vez, vendré a verla. Apuntaré la fecha a fin de que, para usted, solamente pasen cuatro días. Vendré por la noche, como hoy, discretamente.  Sepa,  de todos modos, que la quiero. La he querido siempre, y no le guardo rencor.

-Abrázame, hijo, hoy ha sido el día más feliz de mi vida.

-Lo sé, madre, y el mío también. Soy inmensamente feliz, créame. He esperado mucho tiempo este momento.

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-Era una mujer muy dulce, ¿verdad?  Y así se ha ido, dulcemente, durmiendo. El caso es que dice la compañera de al lado que esta noche juraría haberle oído hablar. Estaría soñando en su agonía, la pobrecita.

-Sin duda que era dulce. A mí me ha dolido su marcha, y eso que intento no implicarme con nuestros ancianos. Dame la almohada y quita tú las sábanas.

-¿Qué es esto? Parece un sobre.

-¿Ahí, bajo la almohada? Déjame ver.

“A la atención del personal de residencia. Léase al fallecimiento de Otilia Fernández”

-Voy a llevárselo a la hermana directora. Sigue tú limpiando.

“Alfredo Cruz Galván, hijo de Doña Otilia Fernández.
Domicilio: Calle Zurbarán, 14. Escalera derecha. Piso 2º A. Madrid, España”


-Dulce... y previsora, se ve.  Ya tenemos a quién avisar. Extraño es que ella no se haya puesto antes en contacto con él. En todos los años que la hemos tenido acá en la residencia, jamás nos dijo que tuviera un hijo. Curioso, ¿verdad?

-Curioso, sí. Siempre creí que estaba sola. Por cierto, hermana, ¿se ha fijado? No coinciden los apellidos, y sin embargo es la dirección de un supuesto hijo.

-Cierto, cierto…  Eso me hace dudar…  De todos modos, enviaré una notificación a esta dirección. Si estaba el sobre ahí para nosotras, será por algo. Aunque nos ocupemos aquí mismo del  sepelio y funerales de la fallecida, tiene un coste, y es bueno que exista un familiar con quien contactar. Terminen  de limpiar la habitación, pero no retiren los objetos personales de momento. Cierre con llave y tráigamela; le diré a este hijo que venga a por ellos, si lo desea.