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domingo, 18 de septiembre de 2016

Tarta de frutas





La masa base de esta tarta está sacada del libro que vino junto a la Thermomix, cuando la compré hace ya la intemerata de años.
Era una tarta de manzana, que hice en su día y que agradó mucho, aunque me encontré con que, en casa, seguían prefiriendo la tarta de manzana (valga la redundancia) clásica, de masa quebrada y crema pastelera, con las rodajas de reineta colocadas por encima y cubierta de mermelada de albaricoque. 
Pero la masa de aquella receta tenía un sabor, para mí, delicioso, y no queriendo renunciar a ella, me dispuse a realizar una variación de la receta.
El resultado, genial. Primero, porque utilizo, cada vez que hago la tarta, una fruta distinta; un día fresas, otro día peras, otro día melón, y ayer, por ejemplo, kiwi. También he salido del brandy de la receta original y he probado con whisky (para la de pera), jerez dulce (para la de fresas), cava (para la de melón), y para la de kiwi, que es la que hoy traigo, probé con ron negro, quedando gratamente satisfecha con todos los resultados.
Al no llevar aquella tarta de manzana elemento húmedo ninguno (nata o cremas, o chocolate), probé también con embeberla, al final, (con ayuda de una jeringuilla) en un almíbar hecho con zumo de naranja, azúcar moreno y una ramita de canela. Quedó tan jugosa, sin llegar al empalago, que humedecerla ya forma parte del proceso, sea cual sea el relleno. Renuncié, por tanto, añadirle nada más, ya que me gusta, entre otras cosas, porque no es la típica tarta sumergida en nata o trufa que, sólo con verla, ya se empacha uno. Es dulce, se puede también enfriar en verano, pero no empalaga en exceso, lo que se agradece después de una comida copiosa.
Os invito a probar y variar; os aseguro que os va a gustar, tanto en cuanto, una vez memorizadas (o apuntadas) las cantidades, podéis aprovechar frutas de temporada, solas o mezcladas, buscar licores diferentes, añadir frutos secos, o cualquier elemento que se os pase por la imaginación.
¡Ah!! Otra cosa que me gustó de la receta original, y que respeto, es que el licor va en la propia masa, lo que le aporta su sabor particular, pero dada la cantidad que es (dos cucharadas para toda la tarta) y que se cuece a 180 grados, creo que los niños pueden comerla sin ningún peligro.

Vamos a ella. Os dejo los ingredientes de la de ayer, pero ya sabéis que podéis variar las frutas o el licor.

Para la tarta:
4 huevos 
200 gramos de azúcar
180 gramos de mantequilla
270 gramos de harina
1 sobre de levadura química (no es necesario se usa harina leudante)
2 kiwis (Esta vez han sido dorados, pero pueden ser verdes)
2 Cucharadas soperas de ron negro.
Una pizca de sal

Para el almíbar:
El zumo de dos naranjas
3 cucharadas de azúcar integral (o blanco, si no tenéis, aunque a mi me gusta más con integral porque no camufla otros sabores)
Una rama de canela.

En la receta de Thermomix, como es lógico, se utiliza el robot. Pero yo he hecho la masa con unas varillas normales y, aunque da algo de trabajo, el resultado también es bueno.

Elaboración:
Calentar el horno a 180 grados, calor superior e inferior.
Pelar y cortar los kiwis en daditos.

Batir los huevos con el azúcar hasta que formen una pasta espesa y blanquecina. Ir añadiendo la mantequilla poco a poco, para que vaya integrándose, y posteriormente, el ron. 
Mezclar en seco la harina con la levadura y la sal, e ir incorporándola a la masa con movimientos envolventes, sin batir, para que ésta no pierda esponjosidad.
Engrasar con mantequilla un molde para tarta (como véis, he usado una cazuela baja, que también sirve, porque las asas que tiene no se queman en el horno, y tienen unos agarradores de silicona muy útiles).
Volcar la masa sobre el molde, dando giros para que se extienda bien por todas partes, ya que es muy densa y tenderá a quedarse en el centro.
Después, dejar caer los daditos de kiwi sobre la masa, sin mezclarlos con ella. Esto tiene una explicación estética que después veréis.


Una vez que entre en el horno, la iremos observando, sin abrir la puerta, hasta que empiece a suceder ésto, señal de que el proceso va bien.



La masa empezará a subir, y los trocitos de fruta a hundirse en ella, y eso le dará una presencia muy apetecible a la tarta.


La sacaremos cuando esté doradita por encima, probando antes a pinchar en el centro con un palillo, que habrá de salir seco. La dejaremos templar en el exterior, para proceder a empaparla.

En una cazuelita pondremos a hervir el zumo de naranja, la canela y el azúcar integral. Retiraremos del fuego justo cuando rompa el hervor, y dejaremos enfriar también. Llenaremos una jeringuilla de almíbar, e iremos inyectándolo en la tarta. Yo suelo hacer los agujeritos más o menos equidistantes unos de otros, para que formen parte de la decoración.


La dejaremos enfriar en la nevera, aunque se puede tomar también templada.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Clandestinidad honrosa

Desde que llegué, ya me marchaba
a cada minuto que pasaba;
los abrazos que íbamos robando
el destino iría disipando.


Bienvenida de la despedida,
brotes de ternura desmedida,
pasiones que la distancia trunca
como siempre, amor, como nunca.


Recuerdo lágrimas de impotencia
caricias y manos temblorosas
vaticinadoras de tu ausencia,


y que fui crisálida llorosa
entregada a tu vehemencia
en la clandestinidad honrosa.



Pasión imposible

Te quiero.                                   
Te quiero en la boca
y quiero                                    
tus dedos, tu lengua, tu pecho,            
los quiero en la boca y espero                        
el fuego que en ella provocas.              


Te siento.
Te siento muy dentro
y siento
tus manos, tu cara, tu aliento,
los siento muy dentro y presiento
la pasión de nuestro encuentro.


Me rompes
Me rompes en vida
y rompes
mi equilibrio, mi paz, mi medida, 
me rompes en vida y corrompes
mi sueño en las noches perdidas.


Me pierdo.
Me pierdo en tu ruedo
y pierdo
la cordura, la dignidad, el miedo,
los pierdo en mi cuerpo y me remuerdo
porque tenerte no puedo.




Nunca nos separaremos

Juramos no separarnos jamás una tarde de Junio, próxima a final de curso.

Simona y Tere enlazaron sus manos con las mías, cerraron los ojos a mi unísono, y pronunciamos simultáneamente esa fatídica frase que, con el paso de los años comenzó a pudrirse, y nos enseñó que de nada sirven las promesas, si los años se confabulan contra uno.

Acostumbrada a la familiaridad del internado, se me hacía un mundo separarme en verano de mis amigas. Simona, además, marchaba lejos con sus parientes, a Noruega, sumando kilómetros geográficos a mi nostalgia.

Cuando llegó septiembre, los nervios por volver a encontrarme con ellas bien pudieran  compararse a los de una novia la víspera de su boda. Ni mis padres entendían que tuviera tanta prisa por regresar al colegio. Pude ver en sus ojos un halo de tristeza; no les gustaba nada tener que prescindir de mí de lunes a viernes, pero papá trabajaba por turnos, era celador sanitario,  y mamá tenía dos empleos, viéndose incapaces de sacar unas horas decentes al día para dedicarse por entero a mí. Ese curso entrante, además, me dijeron, como quien comunica que nos ha tocado la lotería, que sería el último en que estaría interna, lo que cayó sobre mí como un jarro de agua fría. Simona y Tere eran, casi a todos los efectos, mis hermanas. Llevábamos durmiendo en el mismo dormitorio la friolera de cinco años, que a mis trece, eran muchos. Mis padres me consideraban ya lo bastante mayor como para empezar a organizarme en casa para estudiar y comer incluso en su ausencia, sin necesidad de estar “encerrada” cinco días a la semana. Para ellos sería también un alivio; el internado suponía un desembolso bastante grande.

Tere regresó luciendo un acné adolescente atroz; pareciera que su rostro hubiera sido tocado por la varita de un mago loco por la paella, pero no quisimos hacer chanza de la situación. A Simona le creció el cabello una barbaridad ese verano. Lucía una melena rubia, escandinava, que Tere y yo nos turnábamos para cepillar cada noche, pues era una delicia hacerlo. Nos gustaba quedarnos charlando, en pijama, hasta la hora en que la madre Soledad entraba en la habitación a regañarnos. A la mañana siguiente no volvía con el humor renovado, y nos despertaba con un tirón de sábana para que nos ducháramos, vistiéramos y limpiáramos el dormitorio antes de bajar a desayunar y asistir a la clase. No compartíamos aula, pero nos buscábamos en los recreos por el jardín, para continuar con nuestras charlas y canciones, amenizadas con la guitarra de Tere, que ya era un poco de todas, aunque sólo ella supiera extraerle sublimes acordes. No todo era paz:  A veces surgía  algún desencuentro entre nosotras,  más propio de hermanas que de amigas, pero siempre estaba la tercera para hacer razonar y conciliar a las otras dos, y poner paz mediante.  A la postre, nos necesitábamos, y eso primaba sobre cualquier rencor o duda que amenazara con manchar nuestro cariño.

Las tareas de limpieza iban por turnos. Una semana, me tocaba adecentar los lavabos y barrer, otra, pasar la fregona, y otra, limpiar los zapatos de las tres, y el polvo. Un viernes de cada mes, dejábamos lo anterior para dedicarnos a los ventanales, que eran pesados de limpiar, y el amoníaco olía fatal, obligándonos a hacer descansos para tomar aire.  Ninguna puso nunca pega alguna, y a veces competíamos en lustre y acabado, lo que encantaba a las monjas, orgullosas de nuestro bien hacer. Jamás antes vieran, en grupos de internas, semejante sincronización. Nuestra organización, disposición y camaradería , dejaba, con seguridad, incapaz a cualquier ballet ruso de emular tales virtuosismos.

No podía durar toda la vida tanta felicidad. El anuncio de mis padres se hizo efectivo al curso siguiente. Los tres años venideros hasta que llegué a la universidad, no me resultaron nada fáciles, por no decir que fueron para olvidar. Sumado a la ausencia de mis amigas, tuve que pasar muchas horas sola en casa, y aprender a cocinar para que mis padres dejaran ya de comer en restaurantes a base de menús rápidos y poco saludables. Ellos agradecieron tener en casa un plato casero y caliente cada día, pero para mí, aunque lo hacía de buen gusto por ellos, no se trataba de una tarea  divertida. La pasaba mucho mejor en el internado sacando brillo a los mocasines de Simona y Tere, mientras ellas hacían mi cama o limpiaban mi lavabo. Echaba de menos la cotidianidad y el reparto de quehaceres entre risas. Lo único positivo de aquellos años fue que el día pasaba rápido, ya que tenía mucho más que estudiar, y por supuesto, las cartas que me llegaban a casa, en las que mis queridas amigas también hablaban de nostalgia y me prometían, en cada post data, que el paso del tiempo no lograría separarnos.

Bachillerato y carrera fueron todo uno. Cuando me quise dar cuenta, ya era enfermera. Simona me envió en una de sus cartas una fotografía del primer día que se vistió de azafata. Desde niñas, ya vislumbrábamos ese futuro para ella, pues su altura, buen porte y facilidad para los idiomas no le podía tener otro mejor reservado. Tere estudió una formación profesional, en rama de secretariado. Si las matemáticas se le hubieran dado tan bien como escribir a máquina o dominar la taquigrafía, habría querido ser maestra. En una carta le dije que nunca se lamentara por nada; sería una gran secretaria, y estaba segura de que alcanzaría plenitud profesional con tan digna elección. Y en un principio así fue. Estuvo unos años trabajando como tal en una oficina, hasta que se enamoró de un compañero y, cuando nos quisimos dar cuenta, estaba ya casada. Decidió dejar la vida laboral para criar a dos tempranos churumbeles. Al poco tiempo, a su esposo le dieron posibilidad de ascenso en una lejana provincia.

Simona recorría el mundo como azafata de vuelo; vivía en aviones y hoteles. Cada una de sus cartas llevaba sello de un país distinto.  Pese a la promesa reiterada de volver a vernos las tres algún día, el encuentro nunca llegaría a producirse. Mi trabajo también era por turnos y con muy poco tiempo libre, y ellas tenían, al igual que yo, obligaciones que les impedían poder guardar unos días para hacer realidad nuestro sueño.

Cada año que transcurría, he de ser honesta, el sueño se iba difuminando. No habíamos dejado de querernos, en absoluto, y de vez en cuando, además de escribirnos, nos llamábamos  y engrosábamos peligrosamente la factura del teléfono. De viva voz, seguíamos prometiéndonos una pronta reunión a tres. Según veíamos que la imposibilidad de aquello iba adquiriendo implacables verismos, nos comprometíamos, aunque fuera, a un encuentro a dos, y finalmente asumimos, aunque nunca quisimos confesarlo, que las ganas también iban desapareciendo. Cada una de nosotras había creado su zona de confort, con nuevas amistades, nuevas predilecciones, nuevas ocupaciones. Las cartas, cada vez llegaban más espaciadas, y las llamadas eran más breves, puesto que las conferencias telefónicas eran carísimas y priorizábamos cada cual nuestra economía.

En una de ellas, además, discutí amargamente con Tere. Ella, que tenía hijos, consideraba que, si no habíamos cumplido aquella promesa, era culpa de las otras dos, que no habíamos tenido en cuenta su enorme sacrificio como madre. Lejos de alabarle semejante alarde de vanidad, le recordé que, tantas horas dedicaba ella a sus familiares, como yo a guardias nocturnas, turnos de emergencia y horas atrasadas de sueño, y que Simona se despertaba cada mañana sin saber en qué país terminaría la jornada. Ninguna de ambas, a diferencia de ella, pudimos sacar tiempo siquiera para enamorarnos; mucho menos para formar una familia. No se lo tomó bien, más bien se sintió enormemente ofendida, y encontró la excusa perfecta para terminar de cortar la relación.

Las cartas de Simona, sin embargo, seguían llegando, pero cada vez desde más lejos y con menos texto. Al final, en vez de cartas eran tarjetas postales donde me enviaba besos y recuerdos en breves frases de cumplido. Aunque pasaba por su casa una vez al mes, no perdía tiempo contestando a las mías, que se le acumulaban en el buzón y eran más extensas, resistiéndome a resumir nuestra amistad en una frase. Dado que el esfuerzo no volcaba más resultado que una nueva postal con sello extranjero, dejé de molestarme en seguir escribiendo al viento. A partir de aquél verano, tampoco llegaron más postales.

El final de nuestra historia

Ya te fuiste de mí, ya te has marchado,
tu pasión persistirá en mi memoria.
Ya te amé, como tú ya me has amado;
llegamos al final de nuestra historia.

Abrimos, sin pudor, todas las puertas,
cruzamos lo prohibido y lo culpable,
yo te pido que nunca te arrepientas,
guardemos esa noche inolvidable.

Coronamos nuestra anhelada cumbre,
bebimos en océanos de fuego;
repetir, gran error, sería costumbre.

Será mejor no construir apego,
fue mejor sofocar toda la lumbre,
y es mejor un adiós, que un hasta luego.




Un día más

Se despertó con un grito comparable al de un diplodocus en celo. Encendí la luz; su rostro sudaba.

-Has tenido una pesadilla, tranquilízate, cariño.
-Perdóname, cielo, Te asusté, ¿verdad?
-Nada nuevo bajo el Sol, amor.

Mi esposo siempre había dormido como un eurodiputado en el Congreso, hasta hace aproximadamente un mes, coincidiendo con unos exámenes médicos que le quitaron el sueño  más por la tardanza que por los resultados, ya que éstos aún estaban por saberse. Asintomático, las últimas analíticas revelaban un cierto caos sanguíneo que convenía estudiar más a fondo, en busca de posibles dolencias escondidas. Yo le repetía, cuando lo veía alicaído, que no debía preocuparse, que eran altibajos de la edad.
A nuestros años, la salud no es ya música sin arpegios, y aunque él aparentaba tranquilidad absoluta, le conozco demasiado bien para saber cuándo no puede quitarse algo de la mente. Antes no era así.

Afrontaba las incertidumbres cual si certezas fueran, siempre optimista y seguro de que los desenlaces negativos sólo existían en las telenovelas. Tal era su positivismo, que no había contratiempo, por dramático que fuera, del que no extrajera broma o chiste. De índole bruto por naturaleza, a veces resolvía los problemas a la brava, sin mirar las consecuencias, riéndose como una hiena borracha si le salía bien, aunque el triunfo le costara romperse una pierna o abrirse la cabeza. Ya quisiera el monstruo de Frankenstein tamaña  colección de cicatrices para sí. Recuerdo una ocasión, siendo novios y realizando él su servicio militar obligatorio, en la que nos habían invitado a un concierto que no quería perderse, pero un sargento con úlcera crónica (no tenía otra explicación su mal talante), le quiso fastidiar el evento, obligándolo a quedarse en el cuartel. A mi amado, no se le ocurrió otra cosa, para salirse con la suya, que atarse los cordones de las botas al borde de la litera, y dejarse caer de cabeza al suelo, para acabar pidiendo ayuda y así lo llevaran a enfermería a coser la ceja, dejándolo salir a casa hasta estar curado de la herida. Acudió al concierto con la testa vendada, pero se divirtió como no está en los escritos. Lo malo era que sus osadías y descabelladas ideas me enfadaban al principio, pero después me hacían reír, por lo que nunca supe hallar modo de que se corrigiera… ni ganas para que lo hiciera.

Mas fue comenzar a brotarle canas, y éstas crecían de manera directamente proporcional a unos miedos nunca antes existentes en su cabeza, mientras que los míos parecían desvanecerse según me iba viendo una arruga más en el espejo.

El paso del tiempo nos cambia, qué duda cabe. Cuando lo conocí, él era todo valentía, y yo toda turbación y recelo. Me habían enseñado que los muchachos eran una especie de monstruos de los que había que desconfiar siempre, pues  nunca pretendían nada bueno. Sin embargo, mi muchacho supo llevarme al amor por el camino más corto, con grandes dosis de jovialidad y transparentes miradas, de tal modo que yo, cuando llegaba cada sábado, galopaba en busca de ellas como caballo alazán, entusiasmada y sin temor a nada, porque supe siempre que no me separaría nunca de él.

El compromiso llegó como llega una mañana de otoño, sin sobresaltos pero con dulzura. Todo el mundo daba ya por hecho que mi amor y yo formábamos un bloque indisoluble de sentimiento, y nuestro enlace no supuso más que un puro trámite con el que contentar a nuestras madres, celosas de nuestro decoro y temerosas de Dios. Nosotros nos sentimos ya  casados desde siempre.

Tardó en llegar nuestro primer retoño aproximadamente tres años en los que, lejos de preocuparnos en demasía, nos lo tomamos con bastante tranquilidad. Los conocidos especulaban con toda clase de augurios, que si no servía él, que si no servía yo,y tanto comentario y desasosiego ajeno nos causaba bastante risa, ya que ser padres no era, para nosotros, un objetivo prioritario.

Sin embargo, apareció por fin la criatura pegando un grito comparable al de un... ¿cachorrito de diplodocus hambriento?,  y mi cuerpo se transformó en una especie de coneja compulsiva gestante. Tuve tres hijos en menos de tres años, y aunque decidimos poner todos los medios legales de la época para no seguir trayendo minidiplodocus al mundo, cada vez que mi hombre me miraba a los ojos, se me fraguaba otra preñez, hasta que, a la sexta, mi útero consideró darme un descanso y me pidió el finiquito, harto de trabajar.

Criar bebés en manada es trabajo de chinos, pero a la larga, tiene sus ventajas. Talla más, talla menos, podía intercambiarles la ropa, acabando ésta de tener un digno final en el cubo de basura tras años de uso, y los tres que tenían la fecha de cumpleaños aproximada, lo celebraban el mismo día con una sola tarta, eso sí, con el triple de amiguitos asistentes.

Aunque no estaba nada de moda, una vez  tuve a todos matriculados en el colegio, busqué un trabajo con el que contribuir a la economía doméstica, que andaba bastante dolida, la pobre, con tanta boca que alimentar. Mis innatos miedos sobre mi persona, se tornaron en miedos sobre la integridad y futuro de mis hijos, y admito que fui una madre demasiado protectora para ellos. El padre, más valiente, los animaba a caer y levantarse mil veces, cuando no se tiraba él mismo para darles ejemplo, con tal de que aprendieran que la vida no era ese trance fácil que aparecía en las películas de acción que tanto les gustaba. “En la vida real, el guapo no siempre se casa con la guapa, ni matan a los malos”, les decía.

Sin apenas darnos cuenta, se fueron marchando de casa, unos para vivir en pareja y formar sus familias, y otros en soledad, para encontrarse a sí mismos, como si no supiéramos ya dónde estaban: En la inopia. Aun así, supieron valerse por sí mismos, y mi esposo y yo dimos nuestra tarea por concluida felizmente.

No del todo, he de decirlo, ya que los hijos también son personas aunque no siempre lo parezcan, y a veces enferman, contraen deudas, se abren la crisma como hacía su padre de joven, o sufren mal de amores. Así que, con la valentía de mi hombre y mis miedos, formábamos una especie de medicamento que todo lo cura, para que ellos hallaran remedio a sus adversidades y no se sintieran solos en esto de vivir.

Ahora, ya ancianos, nos limitamos a observar sus destinos y rumbos con la satisfacción del deber cumplido. Y en cuanto a nosotros, mientras él se vuelve vulnerable y yo me convierto en piedra, continuamos entregándonos cada noche el premio de los sentidos, como si de la primera se tratara. Bien me dice en ocasiones, sabio él, que el amor no es sino una sucesión de primeras veces, donde los labios ofrecen cada día nuevas confituras, y los cuerpos son oasis siempre por estrenar.

Las pruebas médicas han delatado un pequeño cansancio orgánico del que no hay que hacer mucho caso. Con tanto trabajo y tortazo, era lo mínimo que le podía ocurrir. A mí me crujen las bielas, de modo que aprovecho algún ronquido suyo para darme la vuelta en la cama y que no se me oigan. Mi amor ya no se despierta gritando, y yo, contenta, arribo cada mañana a la playa de su sueño, sin despertarlo, me acurruco en el delta de sus hechuras, me embriago del sabor de sus rincones, y cierro los ojos, celebrando y dando gracias, por tenerlo conmigo un día más.