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sábado, 15 de junio de 2024

Pollo asado con albaricoques y cerveza

 


Tenemos una buena cosecha de albaricoque. Aparte de tomarlos frescos o en confitura, se les puede dar uso elaborando un rico pollo al horno. Al asarse, sueltan el jugo y la salsa queda muy melosa.

Se puede hacer con pollo entero, en porciones o como hice hoy, con picantones.

Ingredientes para cuatro personas:

-Pollo calculado para los cuatro.

-16 albaricoques.

-Una patata mediana para cada comensal.

-Una rama de tomillo, o un atadillo.

-Dos cucharadas de miel.

-Medio litro de cerveza y medio de caldo de ave.

-Dientes de ajo y hojas de laurel

En una sartén he calentado la miel con medio vaso de cerveza. He ido mojando las patatas, los albaricoques y el pollo con ello, y lo he salado después y apartado por separado.

En cada pollito introduje un diente de ajo entero y una hoja de laurel.



Calenté el horno a 180 grados y en la fuente dispuse el pollo, las patatas y el tomillo. Dejé asar durante media hora.

Le di la vuelta al pollo y a las patatas, añadí los albaricoques, la mezcla que quedaba en la sartén, el resto de la cerveza y el caldo. Necesitó 35 minutos más. Se debe girar al final el pollo para que quede dorado por los dos lados.

He servido los albaricoques en el plato como guarnición, pero también se puede triturar con la salsa.


domingo, 17 de abril de 2022

Rosquillas de anís

 

Salen aproximadamente 24 rosquillas. 

Ingredientes:

·         500 gramos harina de trigo (sustituible por 375 gramos de harina de arroz)

·         3 huevos medianos

·         100 gramos de azúcar

·         3 cucharadas soperas de anís

·         2 cucharadas soperas de anís en grano (matalaúva)

·         Ralladura de una naranja grande o de dos medianas

·         Medio vaso (100 ml) de aceite suave (semillas, girasol, oliva 0.4, etc)

·         2 cucharadas soperas de leche o de zumo de naranja (opcional)

·         10 gramos de levadura química. Si se usa harina leudante, no es necesaria.


Elaboración:

·         Batimos los huevos con el azúcar dos o tres minutos, hasta que vaya haciéndose una crema.

·         Añadimos el anís, el aceite, la leche o zumo, los granos de anís y la ralladura de naranja.

·         Después vamos añadiendo poco a poco la harina con la levadura, y vamos mezclando.

·         Cuando ya se vaya formando una bola y no podamos mezclar con las varillas (o con el tenedor), la volcamos sobre una superficie y seguimos amasando a mano, añadiendo la harina. Debe quedar algo pegajosa pero que sea fácil desprender los dedos.

·         La dejamos reposar tapada durante una hora.

·         Formamos pequeñas bolas y hacemos el agujero con el dedo, y vamos colocando las rosquillas en fila sobre una bandeja que habremos untado con algo de aceite.

·         A mí me gusta hacer un canutillo de masa entre las manos y unir los vértices; queda una rosquilla más “rústica” (como las hacían mis antepasadas).

·         Se fríen en abundante aceite que no esté demasiado caliente. Cuando se vea que se hinchan en la sartén, se les da la vuelta para que se frían por el otro lado.

·         Se sacan a escurrir y, aún calientes, se pasan por azúcar.


martes, 12 de abril de 2022

La higuera

 Una sobremesa cualquiera de verano, allá por finales de los setenta, doña Chon dormitaba su siesta a boca abierta en una enorme butaca de mimbre pintada de rojo bermellón.

La enorme higuera del jardín la separaba del Sol y mecía sus ramas sobre ella, abanicándola suavemente. En el regazo de la anciana, un transistor de larguísima antena (que entonces era el último grito en tecnología), retransmitía  la cabecera musical de la radionovela de moda, “Lucecita”, de la que doña Chon, al igual que la mayoría de la población femenina, jamás se perdía un solo capítulo. La melodía  tenía el cometido de despertarla de su sueño para que así fuera, y entonces ávida de melodrama subía el transistor para apoyarlo en su cuello y enterarse mejor.

Cerca de ella, sentada sobre suelo de azulejo cerámico antiguo, su nieta Irene pintarrajeaba con ceras de colores en grandes hojas de la misma higuera que  Anatolia,  la empleada doméstica e interna, se ocupaba de escoger previamente y lavar a conciencia para eliminar la capa pegajosa que las cubría. A la pequeña le encantaba dibujar ahí, y hojas había a miles en el árbol; no habrían de faltarle.

En compensación, doña Chon le permitía sentarse en una silla de enea (igualmente pintada de rojo) también bajo la higuera a escuchar el culebrón radiofónico durante la hora que duraba. Desde ese momento y hasta el final del capítulo, se olvidaban las jerarquías laborales y entraban ambas en un estado diríase que de profunda amargura y aflicción, embebidas por las múltiples traiciones, amores y desamores de los protagonistas. De vez en cuando comentaban sobre el devenir del guion, como si aquellas vicisitudes les sucedieran de verdad a seres cercanos. La higuera parecía agitar sus ramas más rápido en los momentos álgidos del drama, quien sabe si con la intención de aliviarles a ambas sendos sofocos emocionales con calmantes golpes de aire.

Irene se levantaba para enseñarles sus dibujos, acercándose ora a su abuela, ora a su niñera.

-Mira, Toli, una casita.

-¡Oh, qué bien pinta mi niña! ¿Qué son esas manchas, cielo mío?

-Vacas.

-¿Aquí hay vacas? Aquí solo hay ovejas, cariño.

-Es una casa de Asturias, Toli. Como la del tío Jesús. ¿No ves cuánta hierba hay?

-¡Irenita! – Le recriminaba su abuela, sonriendo -- ¡Deja a Anatolia que escuche la novela, anda! ¡Ay, esta pequeña, no para, eh?

-No se preocupe, señora Chon. A mí me encanta que la niña me enseñe sus dibujitos.

Irene se sentaba de nuevo sobre el suelo para continuar con sus obras de arte. Y así, cada tarde en la sobremesa, las tres se embarcaban en tan agradables rutinas, protegidas de un sol abrasador por la gran higuera del jardín.

 

sábado, 3 de julio de 2021

La banda sonora de nuestra vida

El padre de Noemí siempre fue muy directo con ella: “Debes prepararte mejor que tus compañeras porque eres mujer, negra y coja. Tienes más obstáculos”.

Quizá la cruda sinceridad de su padre le hiciera mella de verdad. Ignoro si también le diría a su pequeña cuántas cosas buenas y bonitas tenía, como aquellos ojos azules que nos tenían locas a sus amigas por el contraste con su achocolatada piel, o su sentido del humor insuperable.

Noemí pasaba los recreos sentada sobre su silla de ruedas en un rincón del patio del colegio. A veces se llevaba apuntes para estudiar, o escuchaba música en un pequeño transistor que se acercaba a la oreja. Le hacíamos breves visitas que nos servían también de descanso entre juegos y carreras, y siempre lo agradecía con ganas de reír y bromear.

Le teníamos un cariño especial, y no solo por su vulnerabilidad. Ella pasaba todo el año en el internado, salvo verano y Navidad, y en cierto modo nos consideraba su familia. Siendo recíproco el sentimiento, un día decidimos a escondidas reunir dinero para hacerle un regalo de cumpleaños entre todas. Consistía en un tocadiscos portátil infantil para discos de vinilo tipo “single” que parecía un bolso, equipado con una larga cinta ajustable para poder llevarlo en bandolera o sujetarlo al apoyabrazos de la silla.

Noemí celebró el regalo y nos comió a besos, pero no habíamos caído en un pequeño detalle: No había discos que meter. Acordamos que, cuando volviéramos el lunes siguiente después del fin de semana en casa, le llevaríamos discos para que pudiera estrenar su regalo.

En seguida se vio con una colección de más de cincuenta que guardó en una caja de madera que le dio Blas, el cocinero del colegio y, con mucho cariño, una monja le confeccionó un forro con tela guateada de flores.

El resultado fue que a veces nos olvidábamos de jugar durante el recreo, sobre todo si hacía frío, y nos gustaba más quedarnos junto a Noemí a escuchar los discos que más nos gustaban.

Yo le había llevado uno, canción original de mi serie televisiva favorita , “Pippi Calzaslargas”, con el que hicimos una divertida coreografía de baile, pero entre los que trajeron las compañeras, elegí algunas canciones que, posteriormente, he recordado como esenciales en la banda sonora de mi vida y las sigo escuchando con la misma emoción:

Sergio y Estíbaliz y su “Volver”, algunas canciones de José Luis Perales, Juan Bau y su “Estrella de David”, TODO lo que hubiera en la caja cantado por Nino Bravo, “La orilla blanca, la orilla negra” de Iva Zanicchi y una versión de “Los ojos de la española” que brillantemente interpretaba el trío Los Panchos.

No tendría espacio para enumerar la cantidad de canciones que ya entonces quedaron grabadas en mi alma, pero sí debo expresar el orgullo que siento cuando recuerdo cuánto pudimos ayudar a Noemí a llenar sus recreos sin juegos ni carreras. En una época como la actual donde seguramente habría sido presa de bullying por su discapacidad y raza, necesito recordar que hubo una vez en que los niños fueron nobles y generosos con el débil. Quizá necesitaríamos, indudablemente, más música.

domingo, 14 de marzo de 2021

El cielo de colores

 No pude despedirme, Marta mía.

Te fuiste sin mi abrazo, sin mi adiós.

¡Cuánto, cuánto y cuánto  te quería!

¡Cuán unidas, solo lo sabías vos!

 

Te has llevado un pedazo de mi alma.

Sin tu risa, nunca amanecerá igual.

No puedo digerir esto con calma.

¡Te has marchado de una manera brutal!

 

Quiero pensar que te recibió Miguel,

que intercambiáis bodegones de flores,

que retratas a los ángeles junto a él,

 

que os entendéis ambos de mil amores,

que habláis sobre arte y compartís pincel

y que habéis pintado el cielo de colores.




sábado, 6 de marzo de 2021

Bienvenido, otoño.

La mañana, fresca después de la lluvia, demandaba una rebeca para salir al exterior. Mi madre decía que no existía frío más ingrato que el de los hombros desnudos. Quizá iba siendo hora de ir guardando la manga corta. El membrillero parecía partirse bajo el peso de los frutos, que tardarían todavía semanas en estar maduros. La hierbabuena vivía una segunda juventud después de haber sido podada de flores espigadas por mí, y su dulce perfume se mezclaba con el petricor. El otoño es una muerte lenta y silenciosa.

“Petricor” era un término mitológico y al tiempo inmerecido para describir el profundo aroma que emanaba de la tierra mojada. De no ser porque solamente quedaba sobre el suelo humedad y podredumbre tras la tormenta, habría atrapado gustosamente entre mis brazos un centenar de hojas caídas para lanzarlas de nuevo por los aires, como hiciera decenas de veces cuando era niña.

No quise barrer; me gustaba mirar la ocre alfombra desde la ventana; ya habría tiempo. El sol salía tímidamente y unos tenues rayitos me acompañaron hasta la bodega. Una vez allá, vacié de agua las damajuanas que acostumbrábamos a reservar durante todo el verano. Esta provisión serviría para afrontar los cortes de suministro con que la compañía de aguas gustaba de sorprendernos en periodos de sequía. La afluencia de turistas estivales era provechosa para la región, qué duda cabe, pero no el consumo desmedido del líquido elemento, por mucho calor que hiciera en verano. El derroche descontrolado nos dejaba, en no pocas ocasiones, sin gota de agua en el grifo a los residentes.

En otoño, por suerte, no haría falta guardar agua. Lavé bien las botellas y las puse a secar, dentro de sus propios cestos, bajo el sutil pero templado Sol durante un buen rato; rato que aproveché para otros menesteres. Las damajuanas se mudarían al salón para pasar el invierno con una función meramente decorativa, pues eran bellas de por sí. Llamaban la atención con su mera presencia.

Bajé las mantas finas del altillo y las dispuse bien dobladas bajo la mesa de centro. Retiré también las flores semimarchitas de los jarrones y los llené con unas espigas de avena, junto a unos tagetes secados previamente al fuego abrasador de agosto.

El salón comenzaba a parecer la cálida estancia otoñal que añoraba desde meses atrás. Solo faltaba meter la maceta con el ficus que, delicado con los fríos, pedía su sitio junto a la ventana, para no perderse el sol de invierno que tanto agradecía.

Entraba mi hijo en casa, camino de la huerta a la cocina, con un manojo de remolacha en una mano y una calabaza mediana en la otra, y con cara de entusiasmo. Disfrutaba su afición de hortelano y comparaba arrancar una cebolla con pescar una gran trucha; un premio a la paciencia y dedicación invertidas que, después, revertía en el plato como alimento de dioses.

Mi cabeza comenzó a centrifugar buscando recetas de remolacha y calabaza en el recuerdo. Tocaba también cambio de tercio en la cocina, de donde pronto emanarían aromas a puchero y dulce de membrillo. Me sorprendería muchas tardes rebuscando recetas nuevas en mi desgastado libro de Simone Ortega, que nunca me defraudaba y convertía los fogones en mi pasatiempo favorito cuando ya apretara el frío en el jardín y el viento cerrara puertas de golpe si dejábamos ventanas abiertas por inercia veraniega.

Todo ello en conjunto nos recordaría que el otoño había vuelto para quedarse durante una buena temporada. Bienvenido.

martes, 16 de febrero de 2021

Mil campanas

No sonaron mil campanas

ni cantaron ruiseñores.

No fue igual, ni fue distinto

el reencuentro deseado.

 

Aunque apretaran las ganas,

los nervios y la impaciencia

por volver a emborracharme

del maná de tu mirada,

de tu risa deliciosa

y del calor de tus brazos.

No fue tanta, la avalancha

de pasiones y apetitos

como hube vaticinado.

Si acaso, alguna caricia

más nostálgica que cierta

y algún beso de cumplido

que me supo a despedida.

No quedaba en nuestros cuerpos

ninguna deuda pendiente

ni en las palabras, promesas,

ni temblor en nuestras manos.

Solo en el alma ceniza

donde antaño hubiera fuego.

 

No sonaron mil campanas

ni cantaron ruiseñores.

No fue igual, ni fue distinto

el reencuentro deseado.


Motes, apodos, sobrenombres y otras cargas

En mi pueblo no eran los padres, en realidad, quienes le escogían el nombre a los recién nacidos no hace mucho tiempo.

El arte de motejar (en el buen y mal sentido) es algo autóctono de cada población y barrio, y se ha desarrollado desde hace siglos con el mismo mimo y dedicación que la más delicada alfarería regional. Los apodos adquieren, de este modo, denominación de origen, y ¡Mucho cuidado con borrarlos de los anales de su historia!

Consistía, por lo general, en idear un nombre (bien el bautismal o un diminutivo) y un sobrenombre que colapsara al apellido. Total, en los pueblos pequeños, diversidad de apellido había poca, pues los censos se constituían con cuatro familias. Este sobrenombre se asociaba al oficio o a alguna característica intrínseca al individuo.

Contábamos, así, con ilustres vecinos como Paco “El Fonta”, Julián “El Pesca”, Paqui “La Lanas” y Beltrán “El Tuercas”, habilidoso mecánico este último, que lo mismo cambiaba una junta de culata que reparaba un transistor o atendía un parto si no llegaba a tiempo la matrona.

En ocasiones el apodo se aplicaba a pares, como era el caso de Jesús “El Yesca” y Juan “El Astillas”, cuñados entre sí, que cuando repartían combustible por las casas para el invierno pasaban a llamarse, sencillamente “Los Carboneros”.

Si algún lugareño tenía el infortunio de cargar con una discapacidad, se le añadía el mote al lastre, aunque se llevaba con humor y mucha dignidad. Así teníamos a Benita “La Manca” y a Gaspar “El Ruedas”, a quien, en un desinteresado gesto colectivo, se le compró una silla mecanizada último modelo con cargo a los presupuestos municipales. Ahora se dedica a saltarse hasta las normas de tráfico que no están en los escritos, y ha pasado a apodarse “El Multas”.

Susana era (y es) “La Maestra”, aunque su nombre real es “Susan”, de impronunciable apellido escocés y natural de Boston (ahí es nada), que durante unas vacaciones se enamoró del pueblo y de “El Chino”, actual veterinario de la localidad y de quien hablaré más adelante para aclarar la excentricidad que acabo de decir.

Susana reemplazó al anterior profesor, Don Alberto “El Faraón”, que ya tenía ganas de jubilarse y se veía cumpliendo los ochenta sin relevo. De él se decía que había jugado a los naipes con Julio César. Entre nosotros: Para mí que solo era un rumor. Susana consiguió que los niños aprendieran inglés antes que castellano; cosa que, salvo que desde entonces volaban más zapatillas en sus hogares, no era ninguna desventaja.

“El Chino”, su marido, era un personaje peculiar que llegó al pueblo durante las mismas vacaciones que ella, y allá se quedaron ambos. Tenía un físico característico que le hacía honor al sobrenombre, pues del nombre real, lo prometo, nunca supimos nada. Padecía una especie de semialopecia que le cubría la zona fronto-lateral de la cabeza y se extendía hacia atrás hasta la nuca, donde de repente le salía un mechón de pelo grueso, negro, liso y largo que llevaba siempre anudado en una coleta. Si a ello le sumamos sus ojos pequeños, nada más hay que objetar al apodo, que llevaba con orgullo y así se presentaba él mismo a los desconocidos. Se ganaba el pan, ya lo comenté, como veterinario, que todo hay que decirlo, cayó en el lugar como agua de mayo del mismo modo que La Maestra.

Gumersindo era deshollinador, pregonero y alguacil, pero no tenía sobrenombre. Habría sido, probablemente, más largo que el apellido de Susana. Así que se quedó con “El Gúmer” desde niño y ya no se lo quitó en la vida. Vivía solo en el cerro, aislado del pueblo, donde con sus manos y sin ayuda se construyó una coqueta vivienda. Cada mañana bajaba a hacer sus compras y de paso limpiaba alguna que otra chimenea. Los vecinos demandantes solo tenían este momento para solicitar su servicio, pues por no tener, no tenía en su casa ni línea telefónica. “¿Para qué? – decía- Si me pasa algo, doy una voz”. Y es que Gúmer tenía unas cuerdas vocales prodigiosas, curtidas a base de bandos municipales que leía y entonaba en cada esquina de la localidad cuando el alcalde se lo requería, con un arte y brío que ya hubiera querido Antonio Molina para sí en sus años mozos.

Había un misterio que rodeaba (y todavía rodea) al apodo de Ginés “El Pollas”. No sé si se debía el mote a que tenía una granja de aves y conejos con la que comerciaba al por mayor y al detall, o a que tenía hijos con dos mujeres distintas, (esposa y amante respectivamente), y para más intriga, amigas entre sí.

Atreviéndome un domingo de fiesta patronal a preguntarle a la consentidora por la razón de tan extraña amistad, me dijo sin ningún complejo que a su edad lo único que le apetecía en la cama era quitarse al marido de encima, y su amiga le ayudaba desinteresadamente con la labor. Todos los niños estaban bien alimentados y vestidos, y crecían como hermanos. Ginés era cariñoso con ellas y con los pequeños, y trabajaba como un poseso para que no les faltara lo necesario y algún capricho tampoco; sus familias eran sagradas para él. No sería yo quien les juzgara; ni siquiera lo hacía Don Vicente, el párroco, que no tuvo nunca argumento de dónde tirar para ello, y optó por delegarle ese tipo de rompecabezas a Dios para más adelante en el otro barrio, y hacer la vista gorda en éste. Ya se encargaba, (que no era poco), de agradecer a Ginés las buenas dádivas que le entregaba los domingos. Este empleaba el eficaz método de darle a cada niño y a su amante un billete de cinco para que se lo hicieran llegar al padre al acercarse al altar a comulgar, con lo que tampoco se veía Don Vicente “con autoridad” de negar la comunión a los nacidos en pecado, y todos perdonados.

He querido cerrar este boceto de ensayo hablando más prolijamente de la familia de Antonia “La Cicatera”, cuyo sobrenombre he de admitir que era injusto e insolente, pues obedecía a una tacañería que algunos malintencionados le echaban en cara. Y digo “algunos” porque la mayoría de los paisanos la adorábamos. Y es que, cuando se tienen diecisiete hijos no queda otra que ser tacaño, o mejor dicho, no queda otra que mirar mucho los precios, los gastos y las necesidades, y que sacar dos monedas de una en lo posible, y en eso Antonia era, sin duda, la mejor. En su favor he de confesar que, cuando iba de niño yo a su casa para jugar con sus hijos, nunca me faltó un gigantesco bocadillo para merendar y ella me trató con el mismo cariño que a los suyos.

Su marido, Blas “El Brocas”, no sacaba tanto dinero de la carpintería como Ginés de los pollos. Practicaba, en consecuencia, el pluriempleo. Ejercía también de enterrador municipal y de bedel en la escuela. Me he preguntado más de una vez de dónde sacarían tiempo para hacer niños. Antonia, a su vez, arañaba otro sobresueldo como ama de cría en una época donde hubo especial demanda. Se puso de moda entonces que las madres no amamantaran a los bebés y optaran por caras leches liofilizadas de farmacia para no deformarse el pecho ante el auge del bikini, y nuestra “Cicatera” supo aprovechar el tirón. Llegó un momento en que no hacía distinción entre lactantes propios y ajenos, y cuando falleció, ya anciana, se reservaron en la parroquia tres filas de bancos para todos, pues a todos ellos consideró siempre hijos de su seno. Tuve la suerte de ocupar uno de aquellos asientos. Mi recuerdo sentido para tan desinteresada (que no cicatera) mujer.

Al hijo mayor de la Cicatera le llamaban “El Pichi”, cosa que no ha de extrañar al respetable lector, puesto que en la mayoría de las aldeas pequeñas hay un “Pichi”, un “Chino” y un “Cojo”.

En el pueblo que me vio nacer, para qué lo voy a ocultar: “El cojo” era yo.

Manolo “El Pichi”, además de poseer la chulería que se le supone, era extremadamente pulcro, único cliente lugareño de una excelsa camisería de la capital. Resistiéndose al paso de los años, teñía su cabello con un mejunje a base de brea, que jamás entendí cómo no le terminó abrasando la cabeza. Lo curioso era que algo le echaba al mejunje para que no oliera nada, y de la piel del Pichi solo emanaban vapores de caro perfume. Regentaba el único restaurante del pueblo, que estaba decorado a modo rústico con innegable gusto, pero él jamás entraba a la cocina. Una serie de salitas reservadas y una selecta bodega le garantizaban clientes de cierta alcurnia que hasta allí se desplazaban en busca de buen yantar, de mejor beber y vaya usted a saber de qué otros vicios añadidos e inconfesables. El restaurante era tan discreto como su propietario, que se limitaba a recibir a los comensales y pasear por las mesas interesándose por la comodidad de éstos. A los lugareños les hacía precio, lo que hay que agradecer, e incluso contaba con unos menús más económicos pensando en obreros y labriegos, no por ello menos deliciosos.

Hermanas de él eran “las monjas”, dos gemelas que crecieron como una sola, y cuya obsesión por parecer auténticos clones las llevó a tomar los hábitos a un tiempo. Juntas se dedican, aún, a la vida contemplativa, dentro de un convento de clausura que se halla en una cercana población.

Por distintos y distantes que fueran los hijos de Antonia, gozaban, incluso ya siendo adultos, de un arraigo familiar sólido y admirable que diríase aprendido de un clan de lémures, llevando sus integrantes una autosuficiencia sin presiones, pero pendientes de sus padres en sincronizado y constante cuidado. Tanto era así, que cuando a uno de los hermanos se le “atravesaba” un pago inesperado insalvable (un recibo alto, una lavadora rota que hubiera que cambiar, una ortodoncia urgente), se convocaba a todos, monjas incluidas, a reunirse en el antiguo comedor de la casa de los padres para solventar el problema. Desdoblaba el hijo mayor una bolsa negra de terciopelo que allí se guardaba para tal menester, y explicando el problema y cuantía que le quitaba el sueño a cualquiera de ellos, se sentaba y comenzaba a pasar la bolsa por debajo de la mesa, de hermano a hermano (a excepción del afectado, claro) hasta que diera una primera vuelta. Regresando a su mano, se volcaba el contenido sobre la mesa. Si se había alcanzado la cantidad precisa, se entregaba todo al doliente; si no, se daba una segunda vuelta de bolsa por debajo, o las que hicieran falta hasta conseguir resolver el asunto. Ni que decir tiene, que jamás permitieron los hijos a sus padres participar en las colectas.

No me gusta hablar de envidias, y mucho menos aún reconocerlas, pero admito que me habría gustado gozar de tanto respeto, consideración y fraternidad en mi propia familia, contando como cuenta con muchos menos miembros.

Y hasta aquí una pequeña historia de una tradición, la de los apodos rurales que, para bien o para mal, confieren a los lugares identidad y carácter, y transmiten de generación en generación la sana curiosidad por saber de personajes cuyas existencias, quizá, podían haber pasado a la historia sin pena ni gloria, de no haber sido impregnadas con la sabrosa salsa de un sobrenombre.

domingo, 1 de noviembre de 2020

El caldero de mi abuelo Juan

 - ¡¿Quién vaaaa?!

- Soy yo, abuelo. Soy Álvaro.

- ¡Hasta la cocina! 

El trayecto desde la cortina de paño que hacía veces de puerta hasta “la cocina” no llegaba a dos metros. Una mesa robusta (construida por él hace medio siglo con viejos troncos) con dos sillas de enea, una cama de muelles con un colchón de lana, un baúl-armario y un banco sobre el que descansaban una antigua radio y un televisor de tubo, conformaban la estancia. La cocina era una chimenea de leña con un caldero que reposaba sobre un deformado trébede. Sabiendo de mi visita, hallé a mi abuelo Juan troceando un conejo para invitarme a comer. 

La idea de darnos un apretado abrazo no podía entrar en nuestros planes después de la avalancha vírica que tantas personas se había llevado por delante. Aun así, me agarró con cariño de los hombros y me pidió que me quitara la mascarilla. “Al menos, - susurró - deja que te vea la cara, hijo”. 

Así hice, y ambos sonreímos entre una nube amorosa y cálida. 

La leña ardía y pedía caldero, que le llegó enseguida. El anciano fue añadiendo verduras, ñoras, tomates espachurrados con la mano, hinojo y tomillo limonero. Aquello comenzó a borbotear y esparcir un aroma nostálgico y tentador que se tornó en irresistible cuando Juan echó unas patatas toscamente cortadas, un chorro de vino gazpachero y una buena punta de pimentón del lugar. Mientras se lucía removiendo aquello con una enorme cuchara de palo medio quemada, cantaba como antaño hiciera. 

- “Cocinero, cocineroooo…  enciende bien la candeeeela… y prepara con esmeroooo un arroz con habichueeelas… cocinero, cocineroooo,  aprovecha la ocasióoon… que al compás del marro quiero repetirle al mundo entero yooooo… ¡Yo soy minerooo!”

- Abuelo, ¡Siempre mezclas las canciones! - reí.

- Buen pimentón, ¿eh, hijo? Me lo trae Serafina. Y las ñoras, me las trae el padre Agustín, que viene todos los días al café. Bueno, hoy no. Sabe que venías. 

Guardé silencio. Quería escucharlo, a ver hacia dónde derivaba la conversación. Quería, también, emborracharme de olores en un intento de llevármelos a casa, si hubiera podido. 

- Si lo que le preocupa a tu padre es que esté aquí solo, puedes decirle de mi parte que no sufra. Hay muchas personas pendientes de mí, tengo huerto y gallinas, me traen el pan, cazo conejos y pesco de vez en cuando con el tío Fede. ¿Te acuerdas del tío Fede? 

Asentí con la cabeza, aunque me sorprendió que el primo de mi abuelo todavía estuviera vivo; debía tener cerca de cien años. 

- No te mentiré, abuelo. Sabes que me envía mi padre a convencerte. Lo hemos pasado mal pensando que pudieras haber contraído el coronavirus. No sabíamos de ti. ¿No te había enviado mi padre un móvil?

- ¿El móvil? Sí. Vaya invento tonto. Don Agustín no me cobra las llamadas.  Pero aquí no ha llegado eseeee...  bicho, Alvarito, no hay miedo. Y aun así, os habría avisado Don Agustín desde el teléfono de la parroquia. Ya te digo que viene todos los días. Hago café y arreglamos el mundo. Vivimos solos los dos, nos hacemos compañía. 

Las patatas con conejo estaban deliciosas.  A decir verdad, si no fuera porque yo estaba educado en la vida urbanita y debía continuar mis estudios tras el verano, me habría quedado con mi abuelo una buena temporada. Allí, además, no sería necesario siquiera guardar distancia con nadie; apenas habría con quien guardarla. Quizá, sacar al anciano de allá y llevármelo a la ciudad podría matarlo antes que cualquier virus. Desistí de persuadirlo y disfrutar de la visita. El abuelo Juan puso al fuego un cazo abombado con agua. 

-Escucha, hijo. - Me pasó una manzana, me acarició la rodilla con ternura y se puso a moler café en un viejo molinillo con manivela de hierro. Podría yo aquél día morir de deleite olfativo.

- Esta casa - continuó - es fresca en verano y caliente en invierno. Tengo lo que necesito. La tele va unos días sí y otros no, pero total, para lo que echan… Para el fútbol tengo esa radio que todavía funciona. ¡Me la regaló mi padre! Dos veces al mes, como sabes, bajo a la parroquia a hablar con vosotros. Me entiendes, ¿verdad? 

Hice una pausa demasiado corta para mí, pero demasiado larga para él, que quería zanjar la situación y dejar de hablar del tema. El café olía todavía mejor que el guiso. 

- ¿Me llevas al río y me doy un chapuzón antes de irme a casa?

- ¡Pues claro,  Alvarito! ¡Y yo me baño contigo! ¡Ahí espera que me ponga unos gayumbos decentes, cagüenla! 

No tenía privacidad para cambiarse de ropa, ni siquiera la tendría en el aseo, que consistía en un inodoro dentro de un habitáculo de metro cuadrado, ubicado en el patio. Tampoco necesitaba ocultarse. De modo que lo hizo ante mí, y fui yo quien se sentía estorbar. Agarró una toalla desgastada y una caja pequeña, que me entregó. 

- Devuélveselo a tu padre. Aquí no hay señal para estos chismes. 

Marchamos camino del río.

La gris maleta de la vida misma

Traje en mi maleta

un país entero,

arena en el fondo,

olor a maderas,

libros desgastados,

cromáticas sedas,

postales de playa

y esencias de flores

que nunca encontrara

en mi cercana tierra.

 

Entre mi equipaje

hubiera incluido

tu sonrisa blanca,

tus ojos de cielo

y tu piel dorada,

tu exótico acento,

tus besos y abrazos,

tus gratas palabras,

tus dulces canciones

y graciosas danzas.

 

Después del viaje

vendrían recuerdos,

añoranzas varias

de nuestra aventura,

nostalgias, anhelos,

madrugadas rotas,

noches de desvelo,

espontáneos versos,

lágrimas de ausencia,

y obligado olvido.

 

Y las realidades

me devolverían

costumbres, rutinas

y nuevos proyectos,

viejas amistades

que me reconfortan

y frescos designios

que me ofrecen retos

en la gris maleta

de la vida misma.


sábado, 18 de julio de 2020

Bizcocho de café y nueces



Ingredientes:

Una taza de café largo (más o menos medio vaso)

20 o 25 nueces peladas

Nata líquida, 200 ml.

3 huevos medianos- L; (si son grandes-XL, entonces 2)

Un vaso de azúcar

Dos vasos de harina

Una cucharada pequeña de bicarbonato

Mantequilla para engrasar un molde

 

Elaboración:

Batir (sirve batidora de vaso o de brazo) los huevos con la nata, el azúcar y el café.

Machacar las nueces y dejar cinco o seis para adornar.

Añadir las nueces y  la harina al batido y mezclar.

Encender el horno a 170 grados

Engrasar un molde (el que guste, redondo o rectangular)

Cuando el horno alcance la temperatura, es el momento de añadir a la mezcla el bicarbonato, remover, adornar por encima con el resto de las nueces y volcar en el molde, para introducirlo sin espera.

La reacción del bicarbonato es inmediata, y ha de recibir el calor en seguida para que el bizcocho crezca.



miércoles, 15 de julio de 2020

Primita

Bien podía haber titulado esta aventura “El milagro de volver a casa un domingo cualquiera después de ir a comer con los abuelos”, pero preferí aplicar concisión y no revelar mucho contenido.

Visitar a mis abuelos, además de un deleite, era la excusa perfecta para ver a mi primo Esteban, por quien bebía los vientos. Él era de esos primos de los que una se enamora a los quince sin éxito porque a él le gustan las de veinte, más en coherencia con su edad. Si se les aplicaba, además, los agravantes de “delgadas, deportistas y estudiosas”, me convertía yo en la perfecta candidata imposible. En mi honrilla personal llevo, de todos modos, la certeza de que Esteban me quería muchísimo y siempre me trató con mucha dulzura. 

El domingo parecía salir redondo, pues mi tía me atiborró a gazpacho, empanadillas y arroz con leche, mis abuelos me comieron a besos y me dieron cien pesetas a escondidas, y mi primo se ofreció a traerme a casa en su auto a media tarde, pues tenía que volver también al colegio mayor donde se alojaba y le quedaba de paso, ahorrándome así casi una hora de tren. El trayecto, de unos veinte kilómetros, se me antojaba harto tentador en mi ideario romántico y estaba segura de que me pondría tontita y ruborosa, disfrutando yo sola la aventura, claro, pues él nunca me miró con ojos tiernos. Un Dyan 6 polvoriento y viejo le esperaba en un garaje más polvoriento todavía. Cuando él abrió la puerta de conductor, abrí yo la de pasajero, me acomodé en el asiento y cerré, con tan mala suerte que me quedé con el asa en la mano. Esperando la peor de las regañinas, obtuve compasión a cambio. 

- No te preocupes, primita. Ese tirador suele dar mucha guerra. Déjalo en el asiento de atrás y ya lo arreglaré otro día. 

Me pidió que esperara unos minutos, pues tenía que volver a por algo que debía llevarle a un compañero de la facultad.

A solas con el coche, pensé que sería buena idea encender la radio durante la espera. Giré la rueda de encendido y de modo súbito comenzaron a sonar “Los 40 Principales” a todo volumen, convirtiendo el garaje en una improvisada discoteca. Asustada, giré la rueda hacia el otro lado, mas el volumen no bajaba. Toqué todos los botones que tenía al alcance y solamente mi primo, por el eficaz método de abrir la puerta y atizarle un puñetazo al radiocasete, consiguió callarlo. 

- Perdona, primita. – se disculpó de nuevo-, no te dije que la radio está un poco cascada. 

Dejó sobre el suelo, detrás de su asiento, un bulto cubierto con lo que parecía un trozo de sábana. Se sentó al volante y, tirando de una especie de gancho (el coche carecía de llave de arranque), puso el motor en marcha. El vehículo tosió dos o tres veces antes de encenderse y, de súbito, unos gritos ensordecedores me eyectaron literalmente del respaldo. 

- ¿Te has asustado, primita? Es una cotorra. Se la llevo a un compañero. El vecino de abajo quería deshacerse de ella y les hago a ambos el favor. 

Durante los primeros diez kilómetros me tocó soportar la indignación del animal, que se obcecaba en silenciar lo que prometía ser una grata conversación entre primos. Se originó una competición entre los tres, incapaces de oírnos entre tanto griterío, a ver quién dominaba un registro de voz más agudo y estridente. Por suerte, la cotorra se acabó rindiendo al talento lírico humano y se quedó dormida. 

El coche llevaba la velocidad crucero propia de… un viejo Dyan 6 de tercera mano. Se le subían los caracoles por las ruedas. Cuando nos adelantó una Vespa, mi corazón decidió que ya no sentía lo mismo por Esteban. Para más bochorno, él manejaba el volante con un codo apoyado en la ventanilla y saludaba sonriendo a todo vehículo que nos aventajara, aunque ellos le respondieran a bocinazos (y algún insulto que otro), por lento y cachazudo. 

El aire que entraba al habitáculo era sofocante, pero cerrar significaría terminar con el oxígeno en minutos. Tanto era así, que comenzó a oler a plástico quemado. Miré a mi primo y lo vi soplando enérgicamente sobre el salpicadero, pues salía humo (y algún fogonazo) de las varillas de luces. Agarró un trapo de la guantera y se lió a golpes con él tras el volante hasta que sofocó el incendio. Creí morir y no me atrevía a preguntar siquiera. Quedaban apenas cinco kilómetros para llegar a casa, y no sería por falta de ganas de pedirle que detuviera el coche en el arcén para terminar caminando el trecho que me quedara. 

- “Tranquila, primita. A veces se recalienta un poco” 

Aquellos veinte kilómetros estaban resultando los veinte kilómetros más largos de mi existencia. La cotorra se despertó, seguramente por el olor a quemado que apestaba en el interior del auto, y comenzó de nuevo a protestar. Lo raro fue que no se hubiera muerto por tantas emociones juntas. Me pregunté qué más sorpresas me reservaría el viaje.

Cuando nos detuvimos, por fin, en la puerta de mi domicilio, llegó la respuesta. 

Como mi puerta no tenía asa, Esteban se bajó para abrirla desde fuera, pero no lo hizo. Imposible. No hubo manera. Los tirones, golpes y fatigas de mi primo por desencajarla no hicieron sino agravar el problema, pues en la lucha se desprendió el espejo retrovisor, que quedó colgando boca abajo como un murciélago. Mi primo le guardó un minuto de silencio y me pidió que bajara la ventanilla, supongo que para hacerme salir por ella, pero me quedé también con la manivela en la mano.

Tomé aire profundamente, intentando aplacar una inminente crisis de nervios. 

- “No te apures, primita. Te voy a indicar cómo salir por mi puerta.” 

Lo miré, claudicada al fracaso, esperando instrucciones o el desenlace final, no sé. Yo solo quería salir como fuera de aquél carruaje del terror y abrazar a mi madre en cuanto saliera del ascensor. 

- “Apóyate en los brazos, primita, alza la cadera y pasa por encima de la palanca de cambio. Después déjate caer en mi asiento, con cuidado de no hacerte daño con el volante y…”

 Jamás pensé, cuando suspendía en el colegio la asignatura gimnástica, que alguna vez me iría a ver en semejante tesitura. Si lo llego a saber, le habría puesto más interés, sin duda. 

La palanca de cambio se convirtió en un a modo de utensilio de tormento inquisitorial que dio lo peor de sí bajo mi falda. Solo mi ropa interior pudo salvarme de un cruel quebrantamiento de mi púber dignidad. Esteban, sospechando que ahí debajo podía estar sucediendo algo muy grave, apartó la vista de mis piernas, que cada vez estaban más visibles y temblorosas. Logré, no sin sudores, librarme parcialmente de aquella palanca violadora y criminal, dejándome caer sobre el asiento del conductor y huyendo como si no hubiera un mañana. Olvidé, como es de suponer, esquivar el volante, que se me clavó en la riñonada con la maestría de un cepo para caribúes.

En mi brusco giro hacia mi flanco dolorido, mi falda terminó por desgarrarse, enganchada todavía a la palanca asesina que, por fortuna, decidió soltarme ya del todo, entre otras cosas porque ya no le quedaba tejido al que aferrarse.

La cotorra, asustada por todo lo que estaba presenciando de oídas, se quedó sospechosamente callada. Mi primo abrió su puerta y me halló cobijada en el suelo, prácticamente sentada sobre los pedales, con la falda desgarrada hasta las ingles y suplicando por mi vida. 

- “Primita… primita… perdóname, primita. Ya estás en casa, ya hemos llegado. Qué mal me siento, qué mal…” 

Creo que en ese instante volví a enamorarme otra vez. Con una mano grande y poderosa tiró de mí, sacándome por fin del coche, y me cubrió las caderas con su chaqueta para acompañarme enseguida al ascensor.

La portera salió a saludar (cómo no) y nos miró de un modo pernicioso. Con lo que estaba viendo, tendría material suficiente para su cotilleo semanal. Pero eso ya sería otra historia.