Buscar este blog

miércoles, 4 de enero de 2017

La abuela que no fue mamá

La abuela que no fue mamá

El pequeño Ismael no alcanzaba a entender, y mucho menos a explicarle a sus compañeros de clase, por qué su abuela no tenía hijos. Ella no era la madre de su mamá, ni de su papá, ni de nadie. Por no tener, no había tenido nunca ni marido, aunque eso ya era menos de extrañar, porque Ismael sabía de no pocas abuelitas viudas.

Germán, el hermano mayor, sí lo entendía, aunque todavía se hacía un poco de lío con los parentescos. Sabía que, biológicamente, ella no era su abuela, sino la hermana de ésta, a la que nunca pudo conocer,  y que, en su soltería, había “adoptado” a todos sus sobrinos y sobrinos nietos, como si de hijos y nietos de sangre se tratara.

La abuela Patro nunca se casó… por falta de tiempo. Nacida poco antes de la Guerra Civil, fue de las pocas mujeres que entonces se licenciaron en una carrera científica, contra toda moral. A ello se sumaba otro hándicap: La mayoría de hombres huía entonces de cualquier mujer que, en un momento dado, pudiera ser autosuficiente, pues eso incrementaba el riesgo de perderla si el matrimonio fracasaba. La posibilidad de que una esposa pudiera, además, debatir, cuestionar o rebatir, los aterrorizaba en sumo grado.

Trabajó toda su vida en un laboratorio llevando a cabo investigaciones en el terreno de la química. Solamente abandonaba el puesto de trabajo para comer, dormir y  atender a sus ancianos padres; esos padres ancianos que siempre son ancianos, sea cual sea la fecha a la que uno se remonte. Vivió con ellos hasta que fallecieron, con meses de diferencia; él  alcanzando casi la centena de años, y ella con la centena cumplida. Cuando faltaron ambos, ya tenía edad de retirarse laboralmente, y al hacerlo se dio cuenta de que, sin sus padres, y sin su laboratorio, la vida podría tornársele  harto soporífera, ya que, con una más que buena salud, sospechaba haber heredado la longevidad de sus padres.

La hermana mayor de Patro sí pudo formar una familia, aunque no tuvo tanta suerte con la salud. Falleció tras una larga enfermedad sin haber cumplido los cincuenta, aunque dejó cuatro  hijos, que posteriormente también trajeron a la vida a los suyos propios, concretamente  once, si sumamos todos ellos. Y desde Teresa, la mayor (ya con novio), hasta Ismael el benjamín, se convirtieron, sin que nadie lo forzara, en los nietos de Patro.

Ahora, con todo el tiempo libre del mundo y tras pasar el correspondiente duelo por sus padres (con más agradecimiento que pena, por haber podido verlos cumplir tantos años y tan sanos), buscó con qué llenarlo. Acostumbrada a organizarse desde que tenía uso de razón, decidió apuntarse de lunes a viernes a talleres de lectura, voluntariados en geriátricos y seminarios de química (aun jubilada, quiso seguir actualizándose; la química era su pasión), un par de horas semanales  al gimnasio, y los fines de semana a mimar nietos.

“Este sábado… Luján, Sebas y María. El sábado que viene… Ismael y Germán. El siguiente… Jose Antonio, Cristina y Teresa… con el novio”.

Patro sabía que ninguno le diría que no, porque todos ellos la adoraban. Si alguna vez faltó alguien, sería por indisposición (no fingida) o por exámenes inminentes. Ella siempre los llevaba a comer a un restaurante que había bajo su casa, donde comía también ella a diario. La cocina era su talón de Aquiles, su asignatura pendiente. Durante décadas, fue una asistenta quien se ocupó de cocinar para ella y para sus padres.

Los propietarios del restaurante le reservaban siempre una mesa de tamaño acorde con el número de comensales que ella les anunciara. No sólo eso; cuando Patro les comunicaba los nombres de los sobrinos-nietos que esperaba ese fin de semana, ya sabían, de antemano y por costumbre, qué menú pedirían.

Luján y Sebas eran los “paelleros”; Ismael y Germán siempre pedían bistec, y tanto Cristina como Teresa, estaban siempre a dieta y optaban por menestras o berenjenas, especialidad de la casa.

El piso de la abuela Patro era enorme; de ésos en los que la sopa se enfriaría sin remedio al llevarla de la cocina al comedor. Los muebles eran tan centenarios como los bisabuelos que los compraron, solo que éstos últimos ya no estaban presentes más que en algunas fotografías enmarcadas.

El travieso Ismael tenía predilección por abrir los cuarenta cajoncitos de un antiguo secreter ubicado en la sala de estar, cuya única función siempre fue la de acumular facturas o recibos, fotos antiguas y polvo. Aunque lo limpiaban casi a diario, aparecía cada mañana una fina capa blanquecina sobre la oscura caoba, a la que cualquiera se terminaba acostumbrando, pues la belleza del mueble eclipsaba a todo lo que osara compartir su espacio.

Los demás chavales tenían en la abuela a una confidente ejemplar. Era un lujo para cualquier adolescente (aunque Teresa ya no lo era, pero sí agradecía la complicidad) tener un familiar libre de prejuicios y que no estuviera contra el progreso, con quien se pudiera hablar de todo, sin censuras ni reproches, y que supiera  explicar, sin imposiciones,  el por qué de no desviarse en tan peligrosas edades, con el simple sentido de la lógica y el sentido común que rezumaba, a chorros, en cada consejo que les daba. Salían de aquella casa felices, como quien sale de una enriquecedora sesión de terapia, que, parentesco aparte, así resultaba ser, a fin de cuentas.

Y ésta es, a grandes rasgos, la historia resumida de Patro, la abuela que no fue mamá ni esposa, pero que once nietos pudieron disfrutar, como muchos otros nietos en el mundo, orgullosos de sus tíos abuelos: Esos parientes lejanos, pero cercanos, a los que siempre se alude y recuerda con una inevitable sonrisa en el rostro.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Puches dulces (de la tía Encarna)

Mi tía (prima de mi abuelo, en realidad) se me fue hace pocos años, con una edad que ya pasaba de la centena. Con esta receta suya, la rememoro por estos días de difuntos. Cuando ella venía al pueblo por estas fechas, a visitar a los suyos al cementerio, siempre llamaba al timbre de casa y me dejaba una cazuela de aromáticas puches.

Ingredientes:
1 litro de leche
80 gramos de harina
200 gramos de azúcar
La cáscara (sin parte blanca) de una naranja grande o de dos pequeñas.
Dos cucharadas de anís en grano.
Una rama de canela.
Media barra de pan sentado (del día anterior)
Canela molida para adornar

Elaboración:
Ponemos a calentar al fuego un cazo con la leche, la cáscara de naranja y la rama de canela.Cuando esté a punto de hervir, lo retiramos de la lumbre y dejamos templar hasta que esté tibio.
Al tiempo troceamos el pan en rodajas pequeñas y lo tostamos.Lo reservamos.



En el recipiente donde vayamos a hacer las puches, calentamos durante un par de minutos, en seco y removiendo, la harina con el anís en grano.



Vamos añadiendo, removiendo con rapidez, la leche aromatizada y colada sobre la harina, hasta que cuaje de modo parecido a una bechamel clarita. Incorporamos el azúcar y removemos unos segundos más.

Volcamos las puches calientes sobre el pan tostado, y dejamos que empape bien y que se enfríe.




Servimos en copas o cuencos individuales, y espolvoreamos un poco de canela molida por encima.



Se pueden consumir calientes o frías, aunque en casa gustan más frías.




viernes, 4 de noviembre de 2016

Canción a una locura juvenil


Un día te darás cuenta
que el amor que te atormenta
pronto debe remitir,
y verás que esa amargura
no era amor, sino locura,
que hoy ceba tu sinvivir.

El sentir adolescente
es más corazón que mente
y ahora te hace sufrir.
La madurez pareciera
que jamás apareciera
y te puedes confundir.

Todavía eres muy niña,
en seguida te encariñas
y no sabes distinguir
que hasta en el querer hay normas
con las que no te conformas
pero tienen que regir.

Deja que la propia vida
pueda, cerrando tu herida
enseñarte a ser feliz.
Disfruta tu adolescencia
y aprende, con la experiencia
a curtirte y decidir.

Ese dolor que te asusta
a este hombre no le gusta
y no es por rechazarte así.
Con  tu as de corazones
en mi mano, hay  razones
para prendarse de ti.

Pero él desea que crezcas,
que el transcurso lo merezca
y te fructifique a ti.
Te hablo desde el cariño
contándote que,  de niño
eso mismo,  lo viví.

Dejemos que el tiempo pase,
y que recorras sus fases:
Necesarias para ti.
Y pido a Dios, tras mi espera
que de nuevo tu alma quiera
enamorarse de mí.