-Decidido,
me caso.
-¿Qué?
¿otra vez?
-Sí, otra
vez. La semana que viene.
-¡Apenas
lo conociste, Belinda!
-¿Y qué?
Oh, mi
espejo me tomó odio, ¿lo ves? ¿Qué hago con estos pelos, estas tetas, este
culo, esta barriga?
-Recién
enviudaste hace dos meses. ¿No decías que era el amorrrrr de tu vida?
-No tengo
tiempo de ponerme a dieta, ni de ir a la peluquería. Tendré que llevarlos
puestos a la boda.
Lo único
que he exigido a los amores de mi vida, Laura, es que estén vivos. No
pretenderás que me enamore de un muerto, ¿eh?
¡Ah! Y
que sean aficionados a buscar setas, claro.
-Por
Dios, un poco de reflexión. ¡te has casado ya tres veces! ¡Me has hecho tres
veces cómplice de... de...!!
-... y
serán cuatro, hermanita.
-¿Serás
capaz de hacerlo de nuevo?
-Claro.
Nos beneficia, ¿no?
-Estás
matando sistemáticamente a todos tus maridos. Y yo lo estoy ocultando por
librarte de la prisión. Deberías parar alguna vez, digo.
-Creo que
para este enlace me tintaré la melena de platino. Nunca me he casado de rubia,
¿qué te parece?
-¿Me
estas escuchando?
-Sí,
Laura, te estoy escuchando, y mientes. No lo ocultas por amor a mí, sino porque
yo te lo compenso cuando heredo. ¿O no? Te estoy comprando el silencio, y a ti
te encanta que lo haga. Te recuerdo, de todas maneras, que tú también te estás
librando de una buena, callando como callas.
-Belinda,
sé honesta. ¿Tú te enamoras?
-¡No me
ofendas!
-¡Belinda!
-¡Por
supuesto, Laura! ¡Yo no me casaría con cualquiera! El roce hace el cariño. Y… a
la fuerza ahorcan. ¡No me mires así!
-Los
terminas matando, Belinda. Te deshaces de ellos. Eso no tiene más que un
nombre. Eres una viuda negra, hermana.
-Mira,
hermanita, no me vengas ahora con acusaciones novelescas. Ese oficio que dices
es muy complicado, ¡y muy ingrato! No es nada fácil buscar la seta apropiada en
cada ocasión. No puedo usar siempre las mismas, ¡me descubrirían! ¿No lo entiendes?
¡Tiene que parecer un accidente! Y me cuesta actuar, disimular, fingir… Me paso
horas y horas estudiando micología forense. Hay setas que matan entre dolores
atroces. No me gusta que mis hombres sufran; he de escoger bien. Y tú, ¿Tú qué
haces? Tú no haces nada. Solamente me encubres, y vienes a por tu remuneración.
-Si tanto
los quieres, Belinda, ¿por qué lo haces?
-Hermanita…
Ven. Siéntate, ven aquí, anda, ven.
Aún eres
muy joven para entenderlo, nunca has tenido pareja. Y tampoco te veo con ganas
de tenerla. Te pasas la vida viajando, así no sentarás cabeza jamás.
Escucha,
Laura, cielo. Los hombres son como detergentes para la ropa. ¿Sabes?
Por muy
satisfecha que puedas estar con uno, siempre hay que renunciar a él, para
buscar otro mejor…